Tunchi
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EL HOMBRE QUE NO PODÍA SOÑAR
↑ Volver al índiceEdgar Norabuena Figueroa
Callado, siempre se quedaba callado. Sus ojos delataban una profunda ausencia y de su garganta solo podía oírse el paso del aire como de una caña infinita, vacía e inútil. Era un cuerpo habitado por la soledad, por el vacío desde que había perdido a su amada Awi.
―¿No soñaste nada? ―le preguntó su hermano Kemperi tendiéndole una mirada comprensiva, como tratando de auscultarlo para encontrar el mal que aquejaba a Manari.
―Nada, no he soñado nada ―al fin respondió luego de haberse mantenido en silencio.
―Tal vez no lo recuerdas, eso pasa algunas veces ―la voz de Kemperi sonó a consuelo, a murmullo tranquilizador de riachuelo manso.
―No, no he soñado nada… mis noches son vacías, huecas, cierro los ojos y muero hasta el amanecer. A veces ya no quiero despertar siquiera. Quiero irme, quiero irme con ella, hermano. La extraño mucho, muchísimo; pero ni siquiera la puedo soñar. Vacío, vacío como una cerbatana, como una caña, así me siento, así soy. Un inservible tronco que lleva la correntada para enterrarlo en las profundidades, así vivo ahora, sin dirección ni aliento, ni ganas de respirar siquiera ―la voz de Manari se quebró y estuvo a punto de llorar, pero se contuvo porque justo en ese instante su cuñada Tama les traía el desayuno que dejó en silencio y salió para seguir cuidando a los niños.
―Mañana iremos a verlo, el chamán Jaguar podrá ayudarte ―le tomó de los hombros y juntó su frente a la suya―, ya no te preocupes, él podrá curarte. Te vas a sanar, hermano…
Se habían ido juntos del pueblo. «Estudiaremos, seremos profesionales y buscaremos una mejor vida». Con los anhelos a cuestas, viajaron en peque peque y llegaron al pueblo vecino donde abordaron un camión que llevaba plátanos a la ciudad.
Habían viajado apenas unas horas cuando, repentinamente, el camión fue detenido por unos militares. Manari no pudo escapar. Apenas tuvo tiempo de despedirse de Awi y jurarle que la esperaría en la aldea. Fue llevado al cuartel donde pasó dos años de servicio militar obligatorio.
«Te escribía cartas», llegó a confesarle muchos años después. «Pero como no sabía dónde estabas, las quemaba para que los demás no pudieran leerlas. Durante esos dos años de vida militar, no dejé de soñarte ni una sola noche. Siempre te veía cada vez que cerraba los ojos. Era una gran alegría encontrarte justo allí, en mis sueños. No me sentí solo ni un día siquiera, cuando la tristeza comenzaba a trepar por mis piernas, enfriándome los huesos y los ánimos, nada más me bastaba con cerrar mis ojos, aspirar serenamente y convocarte en mi memoria para verte luminosa, sonriéndome, a veces hablándome o cantando, o sencillamente mirándome en silencio. Cuando abría los ojos, la tristeza ya se había marchado sabiendo que no se podría instalar en mí».
«Ah, cómo corríamos por las playas del río donde buscábamos huevos de tortugas que luego escondíamos para que no se lo comieran las fieras. En el bosque, imitábamos el canto de los pájaros que llegaban hasta nosotros y nos rodeaban con su música. A veces nos veíamos en noches de luna llena, tú siempre tan hermosa y yo gozando de tu presencia a tu lado. En tus pupilas se reflejaban las luciérnagas y la luna llena se reflejaba hasta el infinito. Así te soñaba, y así viví contigo durante los dos años. Siempre juntos, aunque no te haya vuelto a ver por todo ese tiempo».
«Apenas cumplí el servicio militar, me dirigí a la aldea. Mi hermano me recibió alegre luego de tanto tiempo de ausencia. Él se había enterado, algunas semanas después, de que me habían llevado al servicio militar. Pero no pudo acercarse siquiera porque también lo iban a vestir de soldado y lo iban a obligar a hacer lo que hice durante todo ese tiempo. Por eso, solo me visitaba mi cuñada trayéndome noticias de mi hermano a quien también soñaba muy seguido también».
«Te esperé, Awi, porque siempre en mis sueños me decías que lo haga. Que no me desespere, que pronto llegarías. Así estuve todos estos años…».
―El sueño es también vida, cuando dormimos, despierta nuestro espíritu y recorre el mundo. El sueño nos complementa, nos llena y nos conecta con la naturaleza, con el universo… ―el chamán Jaguar, le murmuraba a Manari mientras soplaba sobre su cabeza y en su rostro el humo del tabaco―. Te vas a curar, esta noche recuperaremos tu espíritu, el mapacho pronto hará su efecto, solo entonces comenzaremos con la curación…
Entre el humo del tabaco, bebió del brebaje que el chamán Jaguar le ofreció en una vasija de arcilla consagrada y pronto se le encendieron las pupilas como las de un lagarto en la oscuridad. La noche se le iluminó entre una incesante danza de estrellas y luciérnagas. Colores fosforescentes que iban incendiando cada hoja de los árboles, dibujando infinidad de arcoíris con cada rama. Trazando cabelleras de fuego incesante con cada árbol. Pronto las lianas se transformaron en boas y hubo una que se le acercó. Era inmenso como un río y se lo llevó de encuentro haciéndolo elevar para luego dejarlo caer sobre su espalda. Entonces, Manari se dio cuenta de que no era una boa, sino el río por donde esa tarde volvían con Awi.
Como cada tarde, fue a recogerla a la aldea donde se había hecho cargo de la escuelita. Repentinamente, la tormenta cayó sobre ellos. No pudieron evitar la crecida y chocaron contra un tronco de renaco que era arrastrado por la corriente. Felizmente, Awi y él eran buenos nadadores, lograron aferrarse a unas ramas que también eran arrrastradas y siguieron el curso del río con la esperanza de salvarse en un remanso. Pero pronto anocheció. La tormenta no amainó y los relámpagos no cesaban de iluminar brevemente la inmensidad del río. Estaban perdidos. Manari trató de animarla, «Nos salvaremos, esperemos un poco más, ya va amainar la tormenta», pero el aguacero caía con más intensidad. El tronco en el que luego se aferraron tomó una ruta distinta y fue arrastrado por una corriente más furibunda, no podían ver dónde estaban, no podían saber qué había delante de ellos. «No te preocupes, Awi, como en nuestros sueños, buscaremos la salida para esta noche oscura y lograremos salvarnos».
De pronto, el río ya no es río, sino una inmensa boa que se enrosca para constreñirlos porque ahora ya no está solo: Awi, su amada Awi se le ha aparecido en sus sueños, como antes. De pronto, el tronco se despedaza y ellos son absorbidos por una gran boca que se abre hambrienta. Manari se desespera. Grita. ¡Awiii, Awiii…! Kemperi, que está atento, corre a contenerlo. En silencio, trata de aquietarlo. No debe hablarle. Sabe que no debe intervenir en el rito curativo. ¡Awiii, Awiii…!, chapalea, traga agua, sabe que está siendo absorbido por una fuerza descomunal, sabe que va a morir. ¡Awiii, Awiii…! Se deja arrastrar por la corriente, pero una fuerza luminosa lo toma del brazo. Es un inmenso jaguar envuelto en llamas que lo ilumina todo. Lo toma como a un cachorro indefenso y diminuto, y de un gran salto lo saca de la muyuna. Pronto, Manari queda dormido… «Awi, Awi, ¿dónde estás?, ¿te atrapó la insaciable muyuna?, ¿te engulló la noche y te dejó enredada en sus hilos?, ¿dónde estás, Awi, que no puedo encontrar tus pasos?».
«Qué felicidad sentí al verte volver después de tantos años. Ya no quise separarme de ti y comencé con la construcción de una cabaña para vivir juntos. Te dieron el puesto de profesora en la escuelita al otro lado del río y yo siempre te llevaba por las mañanas y te devolvía a casa por las tardes. Así era nuestra felicidad hasta que llegó esa tormenta que nos quebró la risa y nos sembró la muerte.
No pude encontrarte, Awi. Ni yo mismo sé cómo fue que me salvé. Después de varios días de fiebre y tormentos, el chamán Jaguar logró arrancarme de los brazos de la muerte. Cuando pude caminar, fui a buscarte, me ayudaron los hombres del pueblo, pero no encontramos nada.
Desde entonces sentí que había un pequeño agujero en mi pecho que, poco a poco, fue creciendo hasta convertirse en un inmenso hoyo que me vació el alma. Ya no sentía que vivía. En vano te invocaba en mis sueños. Ya no podía soñar, me había quedado sin espíritu porque aún estaba dentro de la muyuna que te había tragado por completo».
―He podido salvarte solo a ti ―le susurró el chamán Jaguar―. Tu mujer ya no es de este mundo, ella ya no pertenece aquí, en el fondo del río está viviendo y no la podemos traer de regreso porque se convertiría en un ser maligno. Así ha sido su destino y contra lo que dispone la naturaleza mejor es no intentar torcerla…
Manari no se contentó con las palabras del chamán. Tampoco hizo caso de las recomendaciones que le hizo su hermano Kemperi. Había perdido el sueño, pero ahora estaba curado. Ya podía soñar, lo malo es que sus sueños ahora comenzaron a atormentarle.
Desde que volvió de la cita con el chamán, Manari comenzó a soñar con Awi. La veía rodeada de peces y caminaba distante por una dimensión a la que él no podía acceder. «En el mundo de los sueños también hay límites, no podemos acceder a todos los espacios solo porque lo queremos; muchos de ellos están reservados solo para los espíritus de la selva», recordó que le había dicho el chamán Jaguar cuando le pidió que rescatara también a su amada Awi.
―¡Si no puedes rescatarla, llévame con ella! ―suplicó Manari.
―No puedo quebrar las leyes de la naturaleza, no tengo el poder para eso, solo puedo sanarte, devolverte tus sueños. Solo puedo hacer que la veas, pero no puedo devolverla a nuestro mundo porque ella ya no es de aquí, se ha olvidado de esta vida y ahora es un espíritu de la selva. Si quebramos el equilibrio de ese mundo, podemos desatar una desgracia para todos.
Pero no le importó la advertencia del chamán Jaguar. Desde que volvieron, se fue a vivir solo, en su cabaña. Fue distanciándose de Kemperi y de su cuñada Tawa quienes vivían preocupados por él y no entendían su nuevo comportamiento. Hasta que un día, se internó en lo más profundo de la selva y no pudieron hallarlo por más que lo buscaron.
Siguiendo sus sueños, fue hasta lo más profundo del bosque donde solo se podían oír los cantos de las aves y los chillidos de los monos. Allí se quedó esperando como si supiera que tarde o temprano pasaría por allí, y así fue. Cuando vio al jaguar entre los matorrales, se le apareció frente a él y cuando este brincó tratando de devorarlo, sacó una filuda estaca que había escondido convenientemente hiriendo a la fiera que cayó a un lado con el costado abierto. Pero en verdad, no era un felino, pronto se convirtió en el chamán Jaguar.
―¿Qué quieres? ―preguntó ofuscado, sabiéndose descubierto por Manari.
―Si no me la puedes devolver, al menos llévame donde está ella para quedarme a su lado.
―Tú no quieres entender, si lo hago, una terrible tragedia caerá sobre el pueblo. No puedo hacerlo ―replicó el chamán Jaguar mientras se incorporaba y buscaba curar su herida con unas hojas que fue seleccionando de los alrededores.
Como criaturas capturadas en botellas de vidrio, tan cerca que podemos vernos, pero tan lejos que no podemos tocarnos: así te sueño siempre. Te invoco y me sumerjo en una dimensión construida con pompas de jabón. En este universo habitas tu propio planeta, un diminuto planeta de pompa de jabón que orbita tan cerca de mí que invade el anhelo de invadir tu burbuja, de ingresar a tu mundo; pero todo intento es imposible. La aparente fragilidad de la burbuja se contrasta con su férrea elasticidad. Otra vez te veo, pero no te puedo tocar. Entonces el anhelo se torna en amargura y el deseo, en desazón. «Awiii, Awiii», en vano te llamo. Verte es tan doloroso como el cuadro de un niño hambriento que contempla con impotencia el delicioso pastel que podría conjurar su hambre, pero que no puede traspasar la rígida frontera de un imposible vidrio.
―No me has curado, me has atado a una maldición. Porque ahora sí puedo soñarla, pero ya no junto a mí. Siempre la veo lejana, como al otro lado de un espejo y sufro mucho porque no puedo alcanzarla. Cuando me despierto, la angustia sigue igual, ya no puedo olvidarla, ya no puedo arrancarla de mis ojos que siempre la ven en todas partes.
Por eso vine por ti, Awi, porque no podía alcanzarte ni en mis sueños. El chamán Jaguar se escapó convirtiéndose en pájaro y no pude alcanzarlo de nuevo. Pero esa noche, algo, alguien se acercó a mí y me susurró la forma de devolverte a este mundo. Cuando desperté no supe quién había sido, no había nadie en el tambo donde había pernoctado y sabiendo la respuesta a mis preguntas, volví a mi cabaña a preparar todo lo necesario para devolverte a este mundo.
Esperé a que haya noche de luna llena, tal como esa voz me había susurrado. Llevé mi canoa muy cerca de la muyuna donde habías desaparecido cargando al mono aullador al que había atrapado después de varios días de persecución. Atándole bien de las piernas y brazos y amordazándolo bien, con una piedra atada a los pies, lo arrojé al río, tal y como me lo había indicado aquella voz misteriosa.
Te esperé en la playa. La noche garuaba chispas luminosas. Las luciérnagas se incendiaban con el brillo de la luna y todo el gran bosque se llenaba de colores fosforescentes, como en los sueños. Como en sueños, sí, como en sueños, así te vi salir. Caminaste sobre las aguas, silbando ¡Fiuuu, fiuuu…!, pero en lugar de despertar mi alegría, un miedo intenso comenzó a gobernarme. No pude correr. Apenas caí sobre los matorrales y desde allí pude ver que tú ya no eras tú. Te perdiste entre los árboles mientras la música de la noche se interrumpía con ese ¡Fiuuu, fiuuu…!, que penetraba a mis oídos como filudos dardos que intentaban herir mi raciocinio.
Días después, todavía confundido si todo lo que había pasado era sueño o realidad, llegó mi cuñada pidiéndome que la ayudara. Mi hermano había enfermado y no podía salir de la fiebre que lo tenía aprisionado. «Ha sido el tunchi, se fue solito a quemar unas ramas para abrir la huerta y a su retorno, el chullachaki le hizo confundir el camino. En eso se le ha aparecido el tunchi y lo ha perseguido queriendo llevárselo. Felizmente, los perros comenzaron a ladrar han espantado a ese mal espíritu». Mi cuñada Tawa era enfermera técnica, sabía cómo curar con antibióticos y pastillas, pero confiaba más en la medicina de los sabios chamanes cuando se trataba de los males de la selva.
―Tienes que ir a traer al chamán Jaguar, solo él puede curar un alma asustada ―me pidió que vaya inmediatamente.
Confundido y con un sentimiento de culpa creciente, le prometí que iría de inmediato. Cuando Tawa se fue, pude poner mis ideas en claro. Todo era culpa mía. Había liberado al espíritu de Awi, pero al salir del otro mundo, ella se había convertido en un espíritu maligno. «Si rompemos el equilibrio del mundo, caerá una desgracia muy grande sobre nosotros», recordé las palabras del chamán.
Ah, corazón, corazón que duele. ¿Será que el amor está condenado a lo nefasto, al sufrimiento y al olvido? Awiii, Awiii… ¿no recuerdas algo del amor que nos tuvimos?, ¿a dónde fueron parar tantos sueños compartidos? Pasas por mi lado convertida en otra, en un ser distante y frío que, sin embargo, sigue pareciéndose a la mujer que amo y trato de rescatar de las tinieblas del fondo del río, de ese espacio arcano a donde fue llevada esa noche de tormenta. Awiii, Awiii, cómo dueles ahora que te veo tan cerca, pero tan lejos de mí…
Después de tanto pensarlo, decidí terminar con todo esto. Fui a donde sabía que te encontraría. Te esperé hasta la medianoche en la playa cerca de la muyuna. Encendí tabaco y estuve así, rodeado del humo tabaquero hasta que nuevamente emergiste de las aguas. ¡Fiuuu, fiuuu, fiuuu!, el agudo y taladrante silbido comenzó a invadir todo el bosque acallando a los grillos y las chicharras que festejaban la noche. «Si alguna vez te encuentras con el tunchi, no te vayas a voltear a verlo, no le hables ni quieras enfrentarte a él. Si alguna vez te encuentras con el tunchi, en silencio, sigue tu camino, domina tu miedo y ponte a salvo cerca de los perros, o alguna parroquia o sitio consagrado», recuerdo que siempre nos advertían los más ancianos del pueblo. Pero apenas te vi, alzando los brazos te llamé.
―¡Awiii, Awiii, Awiii…!
En el pueblo siempre se preguntan qué hacen los tunchis con las almas de sus víctimas. En el pueblo siempre tiemblan al saber que el tunchi está merodeando por allí. Temen salir solos y hasta al baño salen acompañados entre tres o cuatro y azuzando a los perros. En el pueblo todos tienen miedo al tunchi, pero yo no te tengo miedo, Awi.
Ahora sé que el tunchi no se lleva a nadie, que más bien le siguen porque toma la forma del ser amado.
―¡Espérame, Awi, mi amor, espérame! ―me hundo entre las aguas que me cobijan con cariño. Pronto siento los brazos de mi amada, la tibieza de su ser. Me abraza como antes en la vida. Pero sus brazos son infinitos, enormes y el abrazo es más bien constrictor y siento que me asfixio, que me ahogo y que una corriente intensa me lleva hasta un remolino donde la vida se confunde con la muerte y donde la realidad se mezcla con los sueños. Las aguas de la muyuna me devoran con avidez y los ojos de mi amaba son los de una boa que me mira con malicia y sé que muero y que pronto estaré a tu lado cuando abre sus fauces y me traga por entero porque esto es tan real como los sueños, como la vida misma.
Awiii, Awiii… no sabes cuánto he sufrido sin ti. Desde ahora soñaremos juntos, porque los sueños son también una forma de vivir. En este mundo de formas líquidas, voces de agua y cuerpo de río los sueños se hacen luminosos como arcoíris, infinitas como las venas de la selva que son los ríos y, sobre todo, reales, porque los sueños son vida, son tan reales como aquellas personas que se agolpan y amontonan en la playa. Me buscan, gritan mi nombre. Uno de ellos, mi hermano, se zambulle y nada entre las aguas tibias que ya son mi hogar. Poco después, logra sacar mi cuerpo ahogado, ya muerto y vacío como la piel de una boa que deja cuando se muda o el vacío caparazón de un motelo. Ya no pertenezco al mundo de Manari, al mundo de Tawa. Soy del río desde ahora, y navegaré hasta el infinito al lado de mi amada Awi.
El chamán Jaguar ya nada puede hacer para devolverme a su mundo. Me recuestan sobre la arena y el humo sanador de su mapacho, de su tabaco curado logra desatar los últimos hilos invisibles que me atan a ese mundo. Por fin puedo dejar mi despojo. Rocía un zumo secreto a mi boca, a mis ojos y voy perdiendo esa lengua de los hombres para hablar con otros símbolos y voy perdiendo ya la vista para ver con otros sentidos las distintas dimensiones de este mundo. Librado de mis ataduras, mi alma se ilumina y convertido en luciérnaga, me uno a mi amada que me espera en el cielo desde donde navegaremos por el infinito río de la vida.
GUARDIANA DE ALMAS, EL TUNCHI ASECHA
↑ Volver al índiceTeresa Córdova Díaz
«Y se declaró la guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; el dragón asistido de sus ángeles; pero no vencía, y perdieron su puesto en el cielo. El dragón gigante, la serpiente primitiva, llamada Diablo y Satanás, que engañaba a todo el mundo, fue arrojado a la tierra con todos sus ángeles». (Apocalipsis 12, 7-9).
Esta lectura era la preferida por Neli, una pequeña niña de ocho años, a quien su madre le leía esta cita bíblica todas las noches antes de dormir.
Neli vivía con su madre en el caserío de Poloponta, en una casa de barro y caña brava, subiendo la loma de pasto hasta la parte alta del pueblo, al otro lado del puente de palo que atravesaba una de las pequeñas quebradas. En su patio tenía un viejo y gran árbol de Ojé, también un riachuelo cruzaba por medio del terreno. Era un lugar de ensueño, como una imagen pintoresca retratada por algún artista de la selva.
Su madre siempre le decía «nunca salgas de noche, especialmente cuando se pone el sol; quédate en casa, enciende tu alcuza y duérmete, no es bueno caminar en la oscuridad, más aún si estás en la montaña, porque en medio de la oscuridad vagan espíritus expulsados del cielo que están al acecho para robarse las almas». Neli era cuidadosa con aquellas recomendaciones, siempre recordaba la lectura que su madre le leía antes de dormir.
Pasaron diez años. Neli se convirtió en una hermosa señorita de cabellos castaños ondulados y brillantes, y de mirada suave y dulce. Creció no solo físicamente, también en curiosidad. Una de las cosas que más le gustaba, era apreciar la naturaleza. Solía salir a media mañana con su primo José Marcelino, quien le enseñaba secretos acerca de las plantas, ya que tenía un gran conocimiento sobre ellas. Marcelino, a sus cortos diecisiete años, se había convertido en un maestro ayahuasquero; para lograrlo, se internó en el bosque durante casi tres meses, donde se purgó y limpió de toda contaminación. De esta manera se unió en una sola sintonía con la madre naturaleza y adquirió los conocimientos que ella le brindaba. Neli escuchaba atenta las historias de su primo referente a demonios y espíritus que vivían en la selva, envuelta en un mar de curiosidad y de ansias de conocer más sobre este mundo mágico.
Tomar la decisión de convertirse en curandera y comadrona, cambiaría la vida de Neli para siempre. Fue su primo quien la instruyó y convidó los brebajes mágicos para lograr su objetivo planeado; sin embargo, internarse en el bosque durante dos semanas como última prueba, resultó una decisión difícil, porque vagaba en su mente las palabras de su madre: que jamás se quedara fuera de casa en las noches, mucho menos en el monte. Pero su deseo de dar un paso más fue más fuerte. Finalmente, venciendo sus miedos, decidió hacer la última prueba.
Cuando llegó el día en que debía internarse en el bosque, algunos conocidos y familiares fueron a despedirla, entre ellos Shanti, un muchacho poseedor de un don algo extraño, a quien conocía desde la niñez y le tenía un cariño especial. Por cierto, fue al único al que le despidió con un abrazo y un beso en la mejilla.
Neli partió temprano, como a las cinco de mañana. Caminó de prisa, con dirección al punto más alejado y tupido del bosque. Al llegar al punto adecuado, hizo una fogata para esperar la noche. Como sabía de las propiedades de las planta, llevaba consigo «chuchuasha», para el frío; «clavo husca» con jengibre, para evitar los resfríos y dolores de huesos debido a la humedad; tabaco negro, para hacer humo contra los mosquitos y zancudos; y algunos otros brebajes y una «carahuasca» para cualquier apuro o por si tendría que latiguear a alguien.
Desde el primer día en el bosque, estuvo atento a cada detalle para entender el lenguaje de la naturaleza. Al séptimo, todo marchaba en completa calma. Aprendió a hablar con la chicharra del monte, con el majás, con la «baca muchacha» (que la alertaba de las lluvias) y otros animales silvestres. Conforme transcurrían los días, su cuerpo se fue adaptando a la naturaleza. Expelía un aroma fresco, natural, diferente a los de los humanos de la ciudad.
Durante la segunda semana, no obstante, comenzó a percibir un sonido extraño que la acompañaba por las noches. Era un ruido parecido al silbido de los pájaros, pero de peculiar entonación. Como le fue imposible dar con el origen, tomó ayahuasca para buscar la respuesta. Fue grande su sorpresa. Junto a ella, vio a un ser extraño. Se trataba de un demonio muy alto, vestido de negro, con ojos enormes y brillantes, con el rostro casi esquelético de donde sobresalía una nariz filuda, con unas manos prominentes y con un olor extraño y desagradable. En un inicio, pensó que se trataba de las visiones producidas por la ayahuasca, por lo que, para cortar la alucinación, tomó un sorbo de «isulachado» con sal. A los cinco minutos, en efecto, volvió a la realidad. Nada había a su alrededor; sin embargo, ese extraño olor, mezcla de azufre y carbón, seguía en el ambiente. En la noche siguiente, decidió estar serena y en vela. Para no dormirse, masticaba hoja de coca y de vez en vez fumaba su «mapacho». Todo parecía normal, pero cerca del amanecer, unas aves comenzaron a revolotear en la oscuridad. No fueron sonidos normales; más bien parecían lamentos aterradores o llantos de dolor.
El ruido y el alboroto competían en descontrol, cuando de pronto, en la más completa oscuridad, hubo un silencio total y absoluto. De pronto, un silbido agudo, profundo y escalofriante, irrumpió en sus oídos con marcada nitidez. Aunque Neli se estremeció de miedo, no tuvo otra opción que armarse valor.
—No tengo miedo, solo es frio, por eso tengo «chiri chiri» —se habló, y en voz alta, dirigiéndose a la oscuridad, gritó: —¡Muéstrate! ¿Quién eres? ¡Yo te reto! ¡No te tengo miedo!
De repente, ¡zaz!, a poca distancia, vio al demonio de la noche anterior. Resplandeciente, con la mirada fija, silbido fuerte, y con una rapidez como si volara, llegó frente a ella en un segundo. Neli, gracias a sus reflejos, reaccionó de inmediato. Sacó de su talega un preparado a base de aguardiente, alcanfor y agua de florida, y comenzó, con rapidez, a esparcirlo por todo lugar. El demonio, como retenido por fuerzas misteriosas, se detuvo en seco.
—¿Quién eres? ¿Cuál es tu nombre? —le preguntó.
—El dueño de este mundo —le respondió, con una voz gutural y gangosa—. Mi nombre es Tunchi. Hace mucho tiempo fui arrojado a las fauces de este planeta. En vista de que no puedo regresar al lugar de donde he venido, robo las almas de este orbe y las llevo a la perdición. Detesto la belleza y odio a los humanos porque jamás podré ser como ellos.
Neli, al oír esas palabras cargadas de animadversión, se apresuró a retroceder. Para no ser presa de extrañas fuerzas demoníacas que le pisaban los talones, siguió esparciendo su preparado de aguardiente mientras corría con todas sus fuerzas. También repartía carahuscasos por doquier, por sí las dudas. Al cabo de varias horas, de tanto correr, al fin pudo ver los rayos del sol. Pero aún no se detuvo, pese a estar a punto de desplomarse de cansancio. Así llegó al pueblo.
Aunque el primero a quien vio fue su primo, no le contó lo sucedido. Nunca hablaron del tema. Neli se guardó esos sucesos para sí e hizo como si no hubieran pasado. Con el pasar del tiempo, se convirtió en la comadrona del pueblo. Debido a sus aciertos con las plantas curativas y su gran conocimiento en cuanto a enfermedades de toda laya, su fama traspasó las fronteras. Llegaban de todas partes a verla para que curara sustos, hechizos y brujerías. Neli atendía sin discriminación, con icaros, pasadas de huevo, plantas sanadoras o ayahuasca. También atendía partos.
Una tarde de domingo, tuvo que ir a un distrito aledaño para realizar algunas compras. Al encontrarse ya en el mercado de ese lugar en busca de raíces y amuletos, un joven alto, de piel blanca y ojos claros, le llamó la atención.
—Joven, qué lindos ojos «mutishcos» tienes —le dijo, en un arrebato inusual en ella. Sus palabras, apresuradas, la hicieron sonrojarse en el siguiente segundo.
El viajero se quedó confundido con la frase. Por ser oriundo de Cajamarca y no conocer las expresiones de la localidad, no entendió que se trataba de un elogio al color de sus ojos. A pesar de eso, dado a que Neli era una mujer atractiva, decidió continuar con la charla. Le preguntó si era de la zona, si vivía cerca y si conocía los distritos de los alrededores. Neli le contó que era de Poloponta y que radicaba ahí con su madre. Justo debía viajar por esos lares, le aseguró el joven. E iniciaron una conversación fluida, en la que él le aseguro que se sentía afortunado de haberla encontrado, porque necesitaba orientación.
—¿Me puedes acompañar? He pensado viajar hoy mismo—le pidió el joven.
—Yo no viajo de noche —le respondió Neli—. Mi regreso es mañana temprano; si deseas, podemos ir juntos.
—Está bien.
Tras acordar un punto de encuentro para el día siguiente, se despidieron.
Al día siguiente enrumbaron a Poloponta. Más o menos, la distancia que debían caminar, era una hora. Durante este tiempo, Neli aprovechó para explicarle al joven comerciante las costumbres del pueblo. Por supuesto, aprovechó para alertarlo sobre el tunchi.
—Es un demonio conocido en la zona, hay que tener cuidado con él… —le advirtió, ante una mirada cargada de incredulidad, seguido de una estentórea carcajada.
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