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Sangama

Arturo D. Hernández

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La joya de Sangama

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Christian Reynoso

Sangama sigue creciendo y publicándose en tanto transcurre el tiempo como también discurren los ríos de la selva, sin inicio ni fin, sin cauce definido y torrente cambiante. Sangama, la primera novela de Arturo D. Hernández (Loreto, 1903 - Lima, 1970), publicada en 1942, cumple hoy ochenta y tres años de vida y alcanza una edición más a cargo de Trazos Editores, con sede en la ciudad de Tarapoto, región San Martín; editorial que también ha publicado ediciones recientes del resto de la obra de Hernández: las novelas Selva trágica (1954), Bubinzana. La canción mágica del Amazonas (1960) y el libro de relatos Tangarana y otros cuentos amazónicos (1969), que configuran el conjunto de su obra.

Sangama cuenta con numerosas ediciones y traducciones; no obstante, su acceso, como la selva, se ha tornado difícil en las últimas décadas. Es la novela más celebrada de Hernández, hasta hoy no superada en tanto ambición y totalidad, y está considerada por la crítica y por los lectores de distintas generaciones ―lo que lo hace más significativo―, como la más importante de la Amazonía, o tal vez la que mejor la relata. Pues, Sangama muestra y descubre el imaginario de la selva peruana y sus múltiples dimensiones culturales, sociales, filosóficas y mágicas, teniendo como eje el poblado de Santa Inés, que funciona como microcosmos en pared y virtud con los ríos amazónicos.

Hernández nos conduce por una travesía fascinante a la vez que arriesgada por la selva virgen, de la mano del iluminado, brujo y buen hombre Sangama ―un apellido tradicional en la Amazonía―, quien es partícipe de los secretos y misterios, lo mismo que de la problemática que se vive en la selva, en el contexto de la explotación del árbol de la shiringa que contiene «la goma más fina del mundo», el caucho. Pero esto sería reducir la lectura a una época y realidad social. Más bien, Sangama es un libro que nos acerca a la selva, al río, y ayuda a comprender desde su vuelo ficcional, mediante el juego de las peripecias, travesías y aprendizajes que viven los personajes y las entidades, una (nueva) forma de vida, que dialoga además con la matriz andina mediante la música y el pasado histórico.

La mirada no es exógena, ni de los personajes ni del autor, y allí radica una verdad que subyuga. ¿Es posible sobrevivir a una víbora venenosa que repta dentro de los pantalones? ¿Es posible prescindir del río en tanto «elemento defensivo contra la hostilidad de la selva»? ¿Cómo enfrentar el desorden y la armonía de la vegetación que, incluso, pueden conducir a la locura? ¿Cómo curarse del manchari, la enfermedad del susto y la pena que produce la selva? ¿Cómo ponderar el amor que deviene en dolor y violencia? ¿Cómo asumir la muerte? De esta manera, los lectores se sentirán impulsados hacia un viaje que, además, les permitirá situarse por encima de los prejuicios y los sentidos habituales en torno de la selva. En Sangama estamos lejos de la ayahuasca y de los chullachakis que luego han poblado reiteradamente gran parte de la literatura amazónica.

Arturo D. Hernández y Sangama comparten el mismo espacio de autores y novelas publicadas en la década de 1940 en el Perú que sobreviven hasta nuestros días y que se han convertido en clásicos de nuestra literatura como El mundo es ancho y ajeno (1941), de Ciro Alegría (1909-1967), y Yawar fiesta (1941), de José María Arguedas (1911-1969). Su lectura, hoy en día, no deja de ser actual y más bien nos regala un tipo de placer que es desconocido y transformador, para acercarnos a ese vasto lienzo de color verde que es la Amazonía, como si tuviéramos entre manos una joya deseada. Y eso es Sangama.

Arturo D. Hernández, su vida novelesca y lo real maravilloso de su obra literaria

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Por Róger Rumrrill

Todavía están vivos en mi memoria y en mi imaginación y latentes en mi sentimiento los interminables y fecundos diálogos con Arturo D. Hernández, en la biblioteca de su casa, ubicada en una esquina de la Av. Arica y la calle Varela, en Breña. De vez en cuando el relato del novelista era interrumpido por Talma San Martín, su esposa, que llegaba con alguna bebida y bocadillos amazónicos para dar más sabor a nuestra conversación.

La nutrida biblioteca, donde las novelas de su maestro, el novelista ruso Máximo Gorki, ocupaban un lugar especial, estaba poblada por los tesoros de su periplo vital: su diploma de abogado, su nombramiento al más alto cargo de la justicia militar, acompañado de una foto con su uniforme de general del Ejército y, además, el diploma como presidente de la Asociación Nacional de Escritores y Artistas (ANEA), fotos familiares y un gran retrato de su matrimonio con Talma San Martín. Era un espacio lleno de tesoros de una vida que al novelista más creativo le hubiera costado imaginar.

Eran los años sesenta. Arturo D. Hernández, tenía a la sazón 53 años, porque había nacido en Sintico, un pequeño pueblo ubicado en las orillas del Ucayali, en el año 1903. Por su lado, el autor de este texto, nacido el 26 de julio de 1938, contaba con frescos y primaverales 22 años de edad.

El contexto social, político, económico y cultural de la vida del novelista, en particular de su nacimiento, niñez y adolescencia, fue un período de grandes cambios en el Perú y en la Amazonía.

En el primer quinquenio del siglo, una realidad orwelliana asomaba en Europa: una caja de Pandora de la cual emergería la distopía que terminó por encender el fuego de la Primera Guerra Mundial.

El Reino Unido inició la producción de caucho en sus colonias de Asia y los precios del látex —el oro blanco— empezaron a crecer y a generar ilusiones en el empresariado cauchero, alimentando su atávica visión cortoplacista, extractivista, patrimonialista y rentista.

Iquitos es una fiesta. En el año 1905, dos años después del nacimiento de Hernández, la Aduana de Iquitos informa que el balance exportador del látex ha alcanzado el récord de 5 millones de libras esterlinas. En la Amazonía, y en especial entre el empresariado cauchero, —productores y sus habilitados—, empiezan a soñar en una región convertida en el paraíso de la prosperidad y la riqueza.

El padre del novelista, productor de caucho, adquiere nuevas estradas de shiringas. Pero no solo eso: se separa de su esposa y contrae nuevas nupcias. Como la nueva esposa no quería al niño, el padre decide que Arturo Demetrio debía vivir con su abuela.

Mientras me relata este capítulo de su vida observo que los ojos negros del escritor se humedecen y su voz adquiere tonalidades quebradizas. Con voz entrecortada me narra que su abuela era autoritaria y muy severa. Al borde del llanto evoca las duras tareas que le ordenaba realizar cotidianamente; casi todas ellas, labores aptas solo para adultos.

En las noches, pasaba horas soñando con que algún día no muy lejano llegaría su independencia. A modo de ensayo, huía con frecuencia al interior del bosque para dialogar con la naturaleza y preguntar a los pájaros sobre el goce de ser libres. Pero el costo de estas fugas era doloroso: su abuela le azotaba con una rama de huingo y le duplicaba las tareas cotidianas.

Hasta que un día, a los diecisiete años, con el alma y el cuerpo marcados por los estragos del trabajo cauchero en las estradas de su padre y el duro rigor de su abuela, decide dar el salto a la libertad: huye con rumbo a Iquitos. En la capital loretana, que exhibía ya en el rostro preocupado y triste de la gente las huellas de la crisis cauchera, decide presentarse —aumentándose la edad— como voluntario a las filas del ejército.

Iquitos y toda la Amazonía de la segunda década del siglo XX era un hervidero social, económico y político. Los asuntos estratégicos de la agenda política y militar eran la demanda de sectores de la sociedad civil por la formación de un Estado Federal y el incendio bélico que empezaba a arder con Colombia, además de la crisis del caucho.

El látex producido por el Imperio Británico en sus colonias de Asia —con semillas del Hevea brasiliensis hurtadas en la Amazonía, con mejoramiento genético y en plantaciones— ya había copado el mercado mundial, ocasionando el derrumbe y el colapso de la actividad en toda la Amazonía. Esto generó una crisis de profundidades sísmicas, sobre todo porque el caucho era la única base de toda la economía amazónica.

Cuando me relata este período de su vida, Hernández, que habitualmente era muy parco y lacónico, se sume por momentos en un misterioso silencio. Su mirada parece perderse en un vacío insondable.

Luego recuerda que aprobaron su ingreso al ejército sobre todo porque el Regimiento del Oriente necesitaba más soldados para enfrentar la rebelión del capitán del Ejército Guillermo Cervantes Vásquez, quien, el 5 de enero de 1921, rompió con su jefatura militar y se declaró en rebelión contra el gobierno del dictador del Oncenio, Augusto B. Leguía.

Algunos testigos de la época, como el periodista Alfonso Navarro Cáuper, cronista de la historia amazónica, me narraron con pelos y señales el colapso de la crisis cauchera en Iquitos y en toda la Amazonía. En Iquitos los soldados andaban descalzos porque desde Lima no les llegaban los fondos para la compra de los borceguíes, los botines militares; no había fondos para pagar los sueldos de los funcionarios del Estado, situación que obligó al capitán Cervantes y su estado mayor a tomar por las armas el Banco del Perú y Londres y a fabricar los «billetes cervanteros» para pagar las deudas y la compra de alimentos. Quienes no aceptan los billetes, principalmente algunos comerciantes chinos, eran tomados prisioneros, amarrados y arrojados a las playas del Amazonas, frente a Iquitos, desnudos para morir achicharrados por el calcinante sol tropical.

Arturo D. Hernández vive en esos días un dilema shakesperiano: o sigue en el ejército defendiendo el orden y el sistema implantado por la oligarquía de la República Aristocrática liderada por Leguía o se suma a la rebelión que apunta sus armas, sobre todo, a liquidar el insoportable centralismo limeño.

Su voz se pone fuerte y bronca cuando me cuenta su decisión final: pasarse al bando de los rebeldes, incorporándose a las tropas del capitán Guillermo Cervantes Vásquez para formar el Regimiento Cazadores del Oriente.

El futuro novelista es condenado a muerte

El novelista me cuenta que intervino en algunos choques y encuentros con las tropas gubernamentales sin sufrir derrotas, pues existía un cierto equilibrio de fuerzas. Pero este equilibro se rompe cuando llegan los refuerzos militares enviados desde Lima.

Derrotados los «rebeldes cervanteros» —bautizados así por el pueblo y la historia—, Cervantes, su estado mayor y parte de la tropa huyen a los países fronterizos. Sin embargo, algunos soldados son capturados y conducidos a Lima, a la isla penal de El Frontón, para ser condenados y fusilados como traidores a la patria. Entre los condenados a muerte se encuentra el soldado Arturo D. Hernández Del Águila.

Hernández no solo fue un extraordinario narrador literario; también era un excelente narrador oral. Cambiaba de tono y acento de acuerdo a la historia que estaba relatando. Aún recuerdo su voz grave y su acento dramático cuando me describió cómo fue, en su celda de El Frontón, la espera de la hora de su fusilamiento.

Sangama vivirá para siempre

En uno de esos días que el escritor no ha olvidado nunca —porque sobrevivía presintiendo que la muerte podría llamar a su celda en cualquier momento—, alguien tocó las rejas. Cuando Hernández arribó a este punto de su dramático relato, sintió un nudo en la garganta y quedó en silencio durante varios minutos. Me pidió disculpas y retomó su historia.

El carcelero le dijo que en la oficina de la administración le estaban esperando. Sintió que le había llegado la hora y que lo llamaban para proceder a su fusilamiento. Cuando entró a la oficina, no podía creer la escena que tenía ante sí: estaba su tío, el abogado Enrique Gamarra Hernández, a quien había visto una sola vez en su vida, en Iquitos. El jurista, que sostenía un voluminoso expediente, se acercó y lo abrazó efusivamente mientras le decía que había logrado la conmutación de su pena de muerte y, con ella, su libertad.

Mientras me relataba este capítulo de su novelesca vida, Arturo D. Hernández cerró los ojos, empezó a toser y, con voz agrietada por la emoción, me dijo que, a partir de aquel día, en que se libró de ser fusilado acusado de traición a la patria, volvió a nacer; por lo tanto, debía empezar una nueva vida.

El joven Hernández hizo de todo para sobrevivir en una Lima absolutamente hostil para él y todos los provincianos que llegaban desde los cuatro puntos cardinales en busca de un mejor destino.

El auge de la República Aristocrática estaba llegando a su punto de quiebre y el dictador del Oncenio, Augusto B. Leguía, también saboreaba las últimas copas de su existencia. En ese escenario, un grupo de intelectuales liderado por el mayor pensador peruano, el Amauta José Carlos Mariátegui, intentaban dar —con sus ideas, acciones y utopías—, un giro copernicano a la historia y al destino del Perú.

Dos amazónicos formaron parte de este proceso, ideológico, político, social y cultural anclado en las décadas del 20 al 30 del siglo XX, que marcó la historia política del Perú: el escritor y periodista Humberto del Águila Arriaga —quien firmaba sus crónicas como «El Charapa»— y la jurista Miguelina Acosta Cárdenas, abogada, periodista, activista social, política y gran pionera del feminismo en el Perú.

Hernández evoca con humor, tristeza y nostalgia esos años en los que hacía de todo para sobrevivir. Fue jardinero, mozo de restaurante, tranviario, guardián, entre otros menesteres. Pero como buen amazónico —lo dice él con orgullo—, también en esos años estudió la secundaria y se matriculó en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos para estudiar Derecho.

Fue en las aulas de la Decana de América donde ocurrió un hecho que definiría su destino. Una noche, al final de la clase —integrada casi en su totalidad por estudiantes adultos y provincianos—, el profesor Estuardo Núñez, de quien tuve el privilegio de escuchar su versión, les pidió escribir una historia testimonial que recogiera su experiencia de vida en sus pueblos de origen.

Cuando Estuardo Núñez leyó el texto del alumno Hernández, según me confesó el propio crítico literario, quedó no solo sorprendido por la calidad narrativa, sino asombrado por el tema, la estructura del relato y, sobre todo, por el personaje: Sangama.

El día de la entrega de los trabajos, Núñez le dio especial atención al trabajo de Arturo D. Hernández. Le pidió que convirtiera esa historia en una novela y le aconsejó profundizar en la psicología de Sangama, en el entorno mítico y mágico de la realidad amazónica y en otros detalles de orden formal y estilístico.

Así nació «Sangama», una de las novelas clásicas del realismo mágico amazónico. La novela es, asimismo, la auténtica y verdadera autobiografía de Hernández. Es decir, «Sangama» y Arturo D. Hernández vivirán para siempre.

Prólogo de Ventura García Calderón

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En 1949, en la plaza de Iquitos, la capital peruana de la selva, estábamos tomando el fresco hasta cinco bebedores alegres. Un mercader obstinado quería vendernos esas mariposas metálicas que reflejan el sol como espejos de bolsillo o la menuda tortuga que constituye, para el loretano genuino, blasón y símbolo de su tierra tenaz, una tortuguita no más ancha que la mano abierta. Cuando sopla el huracán de la selva o el gigantesco río se encoleriza, ella se soterra en un escondrijo pantanoso y sale después chapaleando, a seguir viaje por el vasto y riesgoso mundo de fangales y ramajes muertos. En nuestro grupo alguien dijo, mirando en dirección a un pasante lejano:

—¿Ese no es Sangama?

Otro llamó con voz tonante:

—¡Sangama!

El interpelado, un hombre alto, fornido, de tez cobriza, vino y saludó cortésmente. Hablaba con esa rara parsimonia de palabras y modales que no es corriente entre nosotros. Parecía, sin embargo, muy popular y querido. Todos le llamaban por el título de su novela SANGAMA, que es asimismo el nombre de una tribu amazónica. Solo mucho después, cuando intimé con este hombre extraordinario, supe, referida por él sin patetismo alguno, su vida toda llena de afanes y quebrantos. En el prólogo a un libro de Alberto Rangel, ya clásico en el Brasil, Infierno Verde, el gran escritor Euclydes da Cunha observaba que, en realidad, la Amazonía es la última página, todavía no escrita, del Génesis. Tenía razón. Diríase que el Creador se detuvo de repente al impulsar el más caudaloso río del Universo sin tener tiempo de corregir la locura de aquella extraordinaria vía fluvial, peruana y brasileña, donde hay lagos que nacen, crecen, se expanden en tumulto y de pronto se extinguen, islas que surgen y no duran sino un año, tigres vegetarianos aptos para cazar peces o tortugas cuando no encuentran suficientes mamíferos disponibles, flores carnívoras, hojas secas que son peces, esos contemporáneos del mamut arrastrando perezosamente su decadencia en la copa de los altos cedros, bejucos inteligentes como los que vi en Iquitos que, cuando no encuentran árbol para enlazarse y nutrirse como parásitos, atraviesan por encima de un muro de ladrillos a fin de buscar más lejos otros árboles víctimas. Y aquel caudal gigantesco de agua dulce que sale al mar con fuerza cósmica llevando tierra consigo, ve aumentar cada año una playa nueva.

Prodigiosa Amazonía descrita con admirable felicidad por mi amigo Hernández, autor del presente libro, que la recorrió, muy niño, de mano de su padre, un cauchero del Amazonas, cuando el caucho, o como entonces se decía, el oro negro, era una portentosa riqueza para el Perú (Iquitos) y para el Brasil (Manaos). Tendremos que escribir un día la historia del río sin par por donde se mezclan, desde la conquista española, la realidad y la fábula.

Arturo D. Hernández, actualmente abogado de los tribunales de la República en Iquitos, el gran puerto fluvial y la ciudad señera de nuestro Amazonas, ha ensayado en su vida aventurera y en su busca del pan cotidiano todas las profesiones hasta imponerse. Nacido en diciembre de 1903, en plena selva, fue huérfano muy temprano y recorrió la floresta ayudando a abrir la trocha de cada día, machete en mano. Enrolado en el ejército, intervino sin buscarlo en una revolución local y fue llevado a Lima prisionero con cadenas en los pies. Libertado allí, pudo estudiar en la Universidad de San Marcos después de haber sido sucesivamente ayudante de cocina, peón en las urbanizaciones, conductor de tranvía, salonero en uno de los buques de la costa del Perú. Con el salario de un modesto empleo, paga sus estudios y se recibe de abogado en 1936.

Cuando lo conocí en Iquitos, en 1949, me dio a leer el único ejemplar restante de su novela SANGAMA, que me entusiasmó en seguida por su perfecta visión de nuestras selvas. En Lima, mi deliciosa y frívola Lima, donde la vida discurre tan fácil, aquella tremenda imagen del esfuerzo vital había sido comentada favorablemente sin atribuirle la importancia que tiene a juicio mío. Imprudentemente, prometí yo que haría traducir la obra en París, lo que era harto difícil y está ya logrado; y en Norteamérica donde van a acogerla, reservando la sorpresa de un magnífico film para revelar al universo una de las más desconocidas e interesantes regiones del planeta.

A fin de agradecerme y agasajarme, quiso Hernández organizar para mí una de aquellas escenas que no siempre son logradas ni toleradas. Pero contaba yo afortunadamente con protecciones oficiales y no olvido la espléndida gentileza de mis amigos los comandantes Barrón y Teixeira, hoy contralmirantes en cuyo jeep recorrí, sin romperme los huesos, los bordes cenagosos del Amazonas y en cuya cañonera me fui, río adentro escoltado por caimanes que sacaban a flor de agua el periscopio de sus ojos prudentes, solo resignados a sumergirse ante la amenaza de una carabina.

La escena alucinante ocurre cuando en un rincón de la espesura: dos brujos adictos debían darme a beber la decocción de la liana ayahuasca que inspira espectáculos visuales prodigiosos sin turbar para nada el cerebro. Con la mano en el pulso, ambos médicos sin diploma examinan si el paciente puede soportar la dosis necesaria. Y cuando todo resulta a pedir de boca, el milagro surge: el hombre de la selva contempla flora y fauna más feraces y feroces que los que le rodean, el hombre de la ciudad ve rascacielos más ingentes que los de Nueva York. Ay, a última hora los brujos decidieron que la luna no me era favorable y todo ha quedado pospuesto para mi próximo viaje.

Pero si no vi prodigios alucinantes, la realidad de nuestra Amazonía me pareció por lo menos tan extraordinaria como todo lo que pude soñar. Todo esto y más se halla consignado en el libro magistral de mi querido amigo Hernández, a quien auguré el triunfo que llega cuando en el puerto aéreo de Iquitos tuve que subir al avión llevando —exquisito obsequio de mis amigos— un haz de flechas en la diestra y en la otra mano la tortuguita andariega y sagaz que trae buena suerte.

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El vaporcito que me conducía, pleno de esperanzas, surcaba el Bajo Ucayali, río que baña gran parte de la selva peruana. Bordeando las dilatadas márgenes erguíase una vegetación exuberante y compacta, elevada y uniforme, que acentuaba la monotonía del paisaje, compuesto del ocre de las aguas, del verde de la selva y del añil de un inmaculado cielo tropical.

En la cubierta de primera en que viajábamos gozando de refrescantes ráfagas de brisa, uno de los pasajeros, que miraba atentamente la cambiante orilla, con los codos apoyados en la baranda, exclamó asombrado:

―¡No puedo equivocarme! ¡Aquí, en este mismo sitio, había, cuando pasé hace cuatro años, una poblacioncita de gentes prósperas. En el puerto, donde varios árboles del pan brindaban su sombra, se apacentaba el ganado…!

―Pero señor, el sitio que ese pueblo ocupó ha quedado, cuando menos, a tres kilómetros al interior. El río formó delante playa extensa que fue cubierta por feraz vegetación… hasta quedar lo que usted ve: selva, nada más que selva.

El que así hablaba era un pasajero de rostro pálido, delgado, que al notar nuestro interés en lo que acababa de decir, continuó:

―El curso del río que atraviesa esta región de terrenos aluviales, cambia incesantemente. Cada recodo está formado por una curva que retrocede desgastada por la erosión, y una punta que avanza con las sedimentaciones provenientes de los derrumbes que más arriba efectúan las aguas. Cuando una curva se ha hecho muy cerrada, el río carga con la enorme potencia de su caudal contra la orilla, socava la tierra y se traga bosques íntegros desarrollando nuevo curso. Al principio, el terreno encerrado por ambos brazos, constituye una isla; pero la enorme cantidad de arena y materias orgánicas que arrastra la corriente, cierra con rapidez la entrada del álveo abandonado, determinando un banco en el que crece nutrida maleza que pronto se convierte en selva majestuosa. En la parte posterior se forma necesariamente un lago. Por esa particularidad la zona del Bajo Ucayali ha sido denominada por algunos geógrafos «Región de los Lagos».

Otro preguntó de pronto:

―¿Estaré equivocado? Creo recordar que hace años había en este mismo sitio algo que ahora no veo: una fila de casuchas con una iglesita al medio.

El hombrecillo de rostro pálido volvió a intervenir:

―¡Ah! se refiere usted a San Nicolás, donde el Misionero pretendió formar una ciudad. Cierta noche en que sus moradores se habían acostado tranquilamente despertaron nadando. Al río se le antojó pasar por allí… ¡y pasó! Les explicaré―. Y, acomodándose en la baranda, prosiguió:

―La peculiaridad de esta zona selvática ha determinado una realidad paradojal: el poblado nómade. Como una de las orillas del río avanza y la otra retrocede, las poblaciones son inestables. Quien ve amenazada su casa por la proximidad del barranco, la desarma apresuradamente para reedificarla en la parte posterior, siendo imitado poco a poco por sus vecinos, que año tras año, van trasladándose a sus espaldas. Y si las aguas toman nuevo curso, los ribereños emigran en masa buscando en las nuevas márgenes el lugar más apropiado para estacionarse. El río es, pues, todo en esta región. Es la despensa que surte de abundantes peces; es la única vía de comunicación; es el elemento defensivo contra la hostilidad de la selva; es, en fin, factor determinante del establecimiento del hombre civilizado.

―¿Qué objeto es ese, junto al barranco, donde el río está «comiendo»? ―inquirió una señorita, entornando los párpados con síntomas de miopía.

―¿No ve usted que es un San Antonio? ―le contestaron varios, a coro, sonriendo―. Lo han puesto allí para que haga el milagro de detener al río. No tardarán en desbarrancarse el santo y sus devotos.

El viajero que inició la conversación se aproximó cauteloso y me dijo:

―Oiga usted. Yo no sé dónde he nacido.

―¡Cómo! ―repuse asombrado―. ¿Es posible lo que usted afirma?

―Es que tengo mis dudas. Verá usted. Yo nací, hace veinticinco años, en la margen oriental de este río. Desde entonces, las aguas no cesan de «comer» por el lado opuesto, de modo que el lugar a que me refiero ha ido quedándose atrás kilómetros y kilómetros.

Al anochecer, encontrábame acodado en la baranda de proa mirando las primeras casas de un pueblecito que se alineaba siguiendo la orilla como si estuviese empujado por la selva. El hombre pálido de las explicaciones anteriores que había demostrado ser conocedor de la región, se acomodó a mi lado, con manifiestos deseos de seguir informándome:

―Nos encontramos realmente en una de las zonas geográficas más extrañas y raras del mundo, que ha sido poblada en su mayor parte por la audacia de los naturales del departamento de San Martín, sede de poblaciones antiquísimas en el oriente peruano. Intrépidos exploradores encontráronse, al atravesar la selva en busca de cauchales, con este imponente río que los antiguos denominaron Ucayali, cuyo origen se perdía en bosques desconocidos y su caudal, vertido en el Amazonas, desaparecía en el corazón de Brasil. Yo, que aún no he llegado a viejo, formé parte de esos exploradores que bajaron de la «ceja de montaña» y se establecieron en este gran curso de agua que parecía entonces no tener ni principio ni fin. Y cuando alguien preguntaba al ver balsas y canoas siguiendo la corriente: «¡Para abajo!». Ese «abajo» podía ser el puerto de Iquitos, de reciente formación, o el fin del mundo. Si se hacía la misma pregunta a los que, pegados a la orilla, viajaban contra la corriente, es decir que surcaban según el significado selvático de esa palabra, la respuesta era: «¡Para arriba!». Ese «arriba» podía ser cualquiera de las pequeñas estancias dispersas a varias leguas unas de otras, o referirse, también, a las inaccesibles selvas que se extendían allá, en el nacimiento del Ucayali y sus afluentes. Pero pocos eran los que hacían tales interrogaciones a no ser que quisieran escuchar voces extrañas en esas soledades. Todos sabían que los que iban a favor de la corriente, «bajaban» y quienes, en contra, «surcaban». El Bajo Ucayali, tiene una peculiaridad salvaje. Es un monstruo caprichoso que, según las estaciones, es río unas veces y otras, mar. En invierno se desborda y cubre gran extensión de esta zona; en verano corre apacible entre playas blancas, diríase que se adormece sensualmente en su rumoroso lecho de arena, bajo el sol del trópico.

Mi informante calló. Las luces de las últimas casas del pueblecito iban quedándose tras la estela luminosa del barco. Yo me había sumido en las graves preocupaciones relacionadas con mi viaje, cuando de pronto volví a escuchar la voz que me estaba hablando:

―El bribón que vive allí, precisamente en la gran casa de zinc que apenas se destaca entre las sombras, allá a lo lejos, es uno de los más ricos shiringueros de toda la zona. Vive explotando a la gente, gracias a su condición de autoridad. Todos los grandes shiringales del contorno le pertenecen.

―¿Y habrá campo en estos lugares para trabajar? ―le interrogué.

―La selva de las márgenes de este río y sus afluentes está explorada y en ella se realiza la extracción intensiva de jebe fino. Todo es propiedad del Gobernador…

―¿Quién es el Gobernador? ―le interrumpí.

―El bribón de quien le hablé hace un momento. Vive en Santa Inés, el pueblo que va quedándose atrás… Pero, como iba a decirle, el interior de estas márgenes está todavía desconocido y constituye, evidentemente, campo que ofrece magníficas oportunidades al hombre audaz. Hacer shiringales es muy sencillo. ¿No lo sabe? Bueno. Va uno y explora un pedazo de selva, en donde encuentra árboles de shiringa. Abre, desde un árbol determinado, un camino que conecta con otro y con otro. Así se sigue hasta encerrar unos cien árboles más o menos. Ya tenemos una estrada. Un conjunto de estradas forma un shiringal. Y la fortuna está hecha. Un shiringal da un río de goma que es, como si dijéramos, un raudal de oro. Y precisamente en esta parte baja de la selva es donde se produce la goma más fina del mundo. El árbol del que se extrae, como las flores más hermosas de la selva, crece en los pantanos. Yo hubiera deseado trabajar acá…; pero nadie quiere habérselas con el Gobernador.

La explicación fue suficiente. Una casa comercial de Iquitos me había prometido abrir crédito, si la región que iba a explorar ofrecía condiciones satisfactorias. En consecuencia, resolví detenerme en el primer punto a que atracáramos, para de allí dirigirme a Santa Inés, donde esperaba encontrar facilidades para mi empresa. Estaba dispuesto, si era necesario, a interesar al mismo Gobernador y, para inspirarle confianza, ¿por qué no empezar como su empleado?

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