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Molinos de viento

Luis Alberto Vásquez

Índice del libro
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Presentación

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Por Róger Rumrrill García

En un artículo titulado “Humberto del Águila Arriaga, un escritor olvidado”, publicado en el diario “Expreso” en abril de 1967, describo así al escritor nacido en Moyobamba, San Martín, en agosto de 1893: “Un hombre bajito, vivaz, de perfil azoriniano, que fue soldado en el río Napo a los 17 años, y luego, contumaz político y habilísimo croniqueur…”.

En efecto, Humberto del Águila Arriaga, a quién tuve el privilegio de entrevistar en 1967 en la hermosa y rica biblioteca de su casa en la Av. Petit Thouars es, sin duda, uno de los mayores y mejores cronistas que ha producido la Amazonía. Un extraordinario croniqueur, un cronista que firmaba sus irónicas y afiladas crónicas como “El Charapa”, mientras su amigo y colega José Carlos Mariátegui firmaba sus artículos juveniles como Juan Croniqueur.

Pero toda su intensa, fructífera y valiosa tarea periodística la realizó en Lima, en medios como “La Crónica” (1914) y en 1920 en “Mundial” donde firmaba una columna que llegó a ser famosa y temida: “Cartas de Rucio”. Con el joven Mariátegui, a quien conoció desde 1911, compartió su pasión de cronista en “El Tiempo” (1917), “La Razón” (1918) y en la célebre “Amauta”.

Alfonso Navarro Cáuper, el cronista de la revolución de Cervantes (1921) y que fue el maestro de los periodistas y la memoria histórica de las décadas del 50, 60 y 70 en Iquitos, me contó alguna vez en nuestras largas e interminables tertulias que Humberto del Águila llegó a publicar crónicas desde el frente de batalla en el río Napo en “Loreto Comercial”, el semanario que fundó en 1910 en Iquitos y dirigió el abogado, periodista y escritor moyobambino Jenaro Ernesto Herrera Torres.

Casi siempre, los más destacados periodistas también han sido poetas, novelistas, ensayistas. Humberto del Águila publicó “Cuentos Amazónicos”, una colección de hermosos relatos y Mariátegui con sus “7 Ensayos de Interpretación de la realidad peruana” se ha erigido como el mayor ensayista de todas las épocas en el Perú.

Gabriel García Márquez, el famosísimo autor de “Cien años de soledad”, así como Mario Vargas Llosa, empezaron su carrera como periodistas. Los más notables novelistas españoles como Manuel Vásquez Montalbán y Arturo Pérez-Reverte, así como la chilena Isabel Allende, alimentaron su pasión narrativa con las fuentes vivas del periodismo.

A la estirpe amazónica de cronistas emblemáticos como Humberto del Águila Arriaga pertenece Luis Alberto Vásquez Vásquez, paisanos ambos, autor de “Molinos de viento”, una colección de crónicas, reportajes y entrevistas a personalidades como Cecilia Heraud, Doris Moromisato y representantes destacados del arte musical entre ellas a Susana Baca, Fabiola de la Cuba, a periodistas como Sonaly Tuesta, Claudia Cisneros, Eloy Jáuregui y Miguel Humberto Aguirre.

No es todo. “Molinos de viento”, que he leído con enorme interés y placer, nos revela la vida y la obra de personajes populares de la Amazonía que han marcado y siguen marcando con huellas indelebles la vida de la sociedad amazónica desde todos los oficios y ocupaciones y por supuesto, desde la más noble y trascendente de estas ocupaciones: madres y padres de familia. En esta lista de personajes populares de la Amazonía, y algunos no amazónicos de nacimiento pero sí de amor y compromiso, no podía dejar de mencionar a ciudadanos vinculados a la ciencia médica, el Dr. Alpino Acosta Ruíz; al arte, Heinz Plenge, gran fotógrafo; Raúl del Águila, Sixto Saurín, Luis Salazar Orsi, Werner Bartra Padilla, Rupay, Mayker Sinarahua, la asociación cultural “Los Mayorunas”, el grupo musical “Los Incas” y el compositor e intérprete, Joshelín; al desaparecido Orlando Izquierdo y deportistas que están alcanzando la fama por su talento y capacidad como el futbolista Miguel Trauco Saavedra y la joven riojana Vivian Baella, que fue capitana de la selección de vóley de menores.

Pero en “Molinos de viento”, que lleva ese título por la pasión y admiración que tiene Luis Alberto Vásquez Vásquez por el legendario y universal Quijote de la Mancha y su autor, Miguel de Cervantes Saavedra, no podían faltar los íconos de la literatura peruana y amazónica: José María Arguedas, Francisco Izquierdo Ríos, Humberto del Águila y Luis Hernán Ramírez, a los que el autor del libro dedica brillantes y memorables crónicas.

El libro se cierra con un título explícito: Corazón que late, que lleva un epígrafe del famoso escritor japonés, Haruki Murakami: “La muerte no existe en contraposición a la vida, sino como parte de ella”.

Una de las crónicas de este capítulo está dedicada a Gonzalo, uno de los hijos del autor; otra a su entrañable amigo fallecido Beto Ríos y a su madre, también fallecida, Gemita Vásquez, a quién despide con una frase que por su sencillez y sinceridad queda grabada en la memoria y los sentimientos del lector:

“Por lo demás, Gemita de mi corazón, me quedo de ti, enamorado para siempre”.

Como su paisano Humberto del Águila Arriaga, que trajinó en los medios más importantes de su tiempo y compartió la vida con los más notables personajes de la generación del Centenario, Abraham Valdelomar, José Santos Chocano, José María Eguren, entre otros, Luis Alberto Vásquez, también poeta y autor de inolvidables y risueñas crónicas de humor e inagotable apasionado del fútbol, ha trajinado por los medios de comunicación más importantes del país y de la Amazonía y, por supuesto, ha compartido amistad, ideales y sueños con sus amigos, con los hombres y mujeres del Bicentenario.

Ha sido reportero y redactor en “La República”, “Página Libre”, “El Nuevo Diario”, “Cambio”, “Amauta” y “Voz Campesina”. En la Amazonía ha escrito sus columnas en “El Tarapotino”, “Pueblo”, “Imágenes”, “El Piwicho”, “Ahora”, “Voces” y “Amanecer”. Ha dirigido el quincenario “El Búho” y conducido programas en radio y televisión.

Sus crónicas, reportajes y entrevistas de “Molinos de Viento”, que como el más famoso cronista de la historia del periodismo mundial, el polaco Ryszard Kapuscinski, autor de Ébano, testigo de veintisiete revoluciones políticas, doce guerras y cuatro veces condenado a muerte, bucean en la búsqueda de la verdad en el fondo de los personajes que entrevista, personajes notables y famosos, pero también ciudadanos humildes y anónimos, pero cuyas vidas pueden ser arquetípicas y paradigmáticas, como nos muestra en su libro.

Hay dos expresiones y muestras del talento de Luis Alberto Vásquez que me fascinan en “Molinos de viento”. La destreza de un mitayero (cazador), de un fisga (pescador) y de un trochero (conocedor del bosque) que tiene como periodista, para penetrar, explorar, capturar y conocer la vida y el alma de los personajes que entrevista, sin menoscabo del respeto que le merece la intimidad de sus entrevistados.

El otro descubrimiento que me ha deslumbrado es la evocación, la memoria y la descripción que hace de la ciudad de Moyobamba, el Axis Mundi, la luz de Epifanía de su vida. Moyobamba, en sus evocaciones y descripciones que hace de la vieja ciudad de su nacimiento, niñez, adolescencia, juventud y adultez, aparece como el condado imaginario de William Faulkner, Yoknapatawpha; Macondo de Gabriel García Márquez o Terrabona, el pueblo mítico de mi novela “Las estirpes amazónicas” donde vive mi alter ego de cien años de edad, Oroma.

Como heredero de las estirpes amazónicas y sobre todo de la estirpe de los grandes cronistas como Humberto del Águila Arriaga, “Luchín”, como le conocemos sus amigos, además de ser posiblemente el mejor gestor cultural de la Amazonía, se afirma en “Molinos de viento” como uno de los mejores cronistas de la Amazonía y del Perú.

I. Voces comprometidas

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El compromiso es un acto, no una palabra

Jean Paul Sartre

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Susana Baca

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El color de la música

Susana Baca de la Colina es orgullo del Perú. Ganadora de un Grammy latino por su talento como artista. El Ministerio de Cultura le ha reconocido con el Premio Nacional de Cultura por su trabajo como cantante, compositora e investigadora musical. Estuvo en Moyobamba por primera vez y sacó poesía con los pies, para cantarnos con el corazón y el alma, en una noche que se quedará en la memoria de la ciudad de las orquídeas.

Con la sencillez que le caracteriza, Susana Baca llegó al escenario de la plaza de armas de Moyobamba y alborotó a los pobladores. Con su mirada llena de ternura y una sonrisa eterna, salió la voz de su alma para entregarnos poesía pura, en medio de ritmos afroperuanos y darle color a una noche maravillosa.

Con su voz, Susana Baca estuvo en los escenarios más importantes de Europa, los grandes teatros de Francia, Alemania, España, Italia y también en Grecia y en los teatros de Nueva York y Los Ángeles, para cantarle a la vida y al amor, difundiendo incansable y con coraje la cultura afro peruana en todo el mundo.

Y ahora, por vez primera, en esta vieja ciudad de Moyobamba, que la recibió con afecto y con cariño, que la llenó de besos y abrazos, donde la declararon huésped ilustre y ella devolvió ese amor espontáneo del pueblo, con ritmo, color, música latinoamericana, para esparcir arte y libertad, porque como ella misma afirma, el canto es una liberación del alma. Y con su voz nos hizo libres, nos hizo latir el corazón, a pesar de la tristeza.

En el concierto, la gente movía los pies y movíamos los hombros, y las palmas acompañaban la dulce voz de Susana, negra linda, negra hermosa, mientras Hugo Bravo le daba fuerza al ritmo negro con la percusión, Ernesto Hermosa le metía equilibrio y compás a la guitarra, Héctor Purizaga llenaba los vacíos con el piano y Alvin Huaranga nos golpeaba el pecho con el contrabajo, y todo el sonido era armónico, gracias a Luis Hoyle del Río, el ingeniero de Sonido. A lo lejos, pero cerca, la atenta mirada de Ricardo Pereyra controlaba todo, hasta el latido del corazón de su negra.

La negra, cantó, danzó y encantó con cada una de sus interpretaciones, que comenzaron con “Idilio muerto” del gran César Vallejo, mientras lloraba en las tejas un pájaro salvaje, seguido de un poema musicalizado de Arturo Corcuera, que se llama “Los amantes”, el ritmo negro nos movió el cuerpo a todos con “La reina de África”, y gozamos cantando “ María Landó”, y otra vez movimos los hombros con “Se me van los pies” y “Negra presuntuosa” y finalmente cantamos con el alma “De España nos llegó Cristo/ pero también el patrón/ el patrón igual que a Cristo/ al negro…crucificó…”.

Luego le cantó a mi madre, que se acababa de ir al infinito, un fragmento de poema de Carlos Oquendo de Amat, que me partió el corazón, porque yo sé, que ella está esperándome detrás de la lluvia.

Y Susana se mojó con la lluvia de la selva y en esos días felices, se llevó la mirada de la gente de Moyobamba, que le latirá siempre en el corazón. Se llevó abrazos en el alma y con nosotros se quedó su ternura, su danza en el viento de aquella noche fresca con la luna sonriéndonos de lejos, y esa fragancia de mujer llena de coraje, de valentía, de bravura, para seguir defendiendo nuestra cultura.

Susana saboreó el juane de la selva, le gustó el tacacho con cecina y hasta se atrevió a probar unas hormigas. Brindó con uvachado, caminó bajo el calor de la montaña, se llenó de la frescura de la lluvia y sobre todo, recibió el cariño de la gente, que para ella, es un honor y una fuerza, la del pueblo, que se siente orgulloso de su artista.

Susana Baca, orgullo del Perú, qué grande eres…

Las flores buenas de Fabiola

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Fabiola de la Cuba llenó de alegría y de amor la plaza de armas de Moyobamba el último 5 de diciembre del 2014. Fue un día oscuro y opaco, que solo la luz de su voz, pudo detener la lluvia y la tormenta de la noche, que amenazó por horas y se fue hasta el infinito para también escuchar el concierto, que fue un encuentro de voces y danzarines en medio de los colores y el sonido espectaculares. Una plaza llena se agitó y llenó su corazón de amor por el Perú. Una crónica sobre la artista, para conocer qué hay detrás de su mirada.

Conocí a Fabiola de la Cuba hace poco tiempo y como es natural, primero nos hablamos sonriendo y tratando de saber qué teníamos dentro del alma y entonces cuando descubrimos nuestros sueños, nos hicimos amigos de la nada, porque entendíamos que teníamos una especie de locura incurable en el corazón y que nos alimentaba la música, el arte, la danza, el teatro y la poesía.

Ahora que la conozco mejor, puedo sentir que es una mujer apasionada, que se entrega a lo que hace, sin descuidar un solo detalle y por sus venas, corre un sentimiento especial por los demás, una sensibilidad que le lleva a llorar sin importarle el lugar, ni la gente. La primera vez que la vi llorar fue cuando conoció a “Los Mayorunas”, agrupación de danzas que le cautivó desde el primer momento por la fuerza que le imprimían esos muchachos a sus movimientos. Lloró desconsoladamente y abrazó a cada uno de los jóvenes que le trasmitieron una nueva fuerza a su propia vida.

Con Fabiola hemos conversado tanto, de sus sueños y sus tristezas, de sus alegrías y sus desencantos y hemos podido descubrir sin contarnos, las locuras incomprensibles de nuestras almas. Descubrí su amor por los niños y cuando conoció a Gonzalo, mi pequeño de ocho años que me roba el corazón, empezó a jugar desde el primer instante con él, y se abrazaron y se besaron y se entregaron con su inmenso cariño al arrullo de la lluvia.

Pocos saben que Fabiola de la Cuba es arquitecta de profesión, la profesión más musical, según ella, que tiene un post grado de su carrera en Brasil, pero que finalmente decidió dedicarse a la música y luchar por la música de su patria y vivir de la música, del arte, de la cultura, que ya es un trabajo demasiado duro en el país. La música es parte de su vida, es todo su trabajo, es un estudio constante y permanente y por eso está rodeado de músicos extraordinarios, de talentosos muchachos que le sacan magia a una guitarra, a un cajón, a un violín…

Y es una de las pocas artistas que recorre el Perú de punta a punta, de norte a sur, de oriente al este y al oeste y camina soñando en la costa, junto al mar turquesa de los atardeceres en la luna de Paita o el sol de Colán. También se enriquece en la sierra, donde el rojo color de los sueños, se vuelve una agitación por su país, en medio de la alegría de la gente, a pesar de su pobreza. Y en la selva, el verdor de su magia la ha envuelto con su cariño, para que esos sueños que tiene se vuelvan esperanza.

El Perú le late en el cuerpo a cada instante, le jode también porque siente la injusticia, aunque ella haya decidido caminar por la otra vereda, no es ajena al dolor de su pueblo, a lo que ha ocurrido en esos años terribles de los años ochenta y noventa, al sistema corrupto de la politiquería, a la angustia de los pobres, al dolor de los niños. Es una mujer que sufre por estos problemas y que siente que tiene un compromiso moral con su país, a ese país que adora y que le canta, que le devuelve la alegría, que le hace sonreír, que le hace cantar, que le devuelve, como decía el poeta César Vallejo, su arte, su voz genial, que viene del pueblo y va hacia él.

En los días previos a su presentación en Moyobamba, que reunió a diez mil personas en la plaza de armas, conocí su otra faceta: sus nervios, sus angustias, sus impulsos, a pesar de su experiencia, y al mismo tiempo, su fortaleza, su seguridad, sus controles y su disciplina. Un buen vino le calma los nervios antes de subir al escenario y allí arriba, se transforma en la artista talentosa que se nutre de su pueblo, y por eso, le canta como le canta, le baila como le baila y le quiere como le quiere.

En el escenario, Fabiola de la Cuba, vestida de negro, de dorado, de blanco o de rojo, le canta su amor al Perú en un vals, en una marinera, en un festejo o una zamacueca y junto a la voz de Chabuca Granda, le rinden un homenaje al poeta Javier Heraud, el muchacho de veintiún años que murió acribillado en Puerto Maldonado en medio de pájaros y árboles, soñando con la justicia, cantándole “Las flores buenas de Javier” para decirle: “Óyeme, hermano,/ contesta hasta mi sombra/ qué piensas de la muerte que te dimos y el frío/ La sangre que entregaste nos ahoga/ desde el fondo del tiempo y tu canoa…”.

Así es Fabiola, una mujer dulce que le canta a la vida a y la poesía, que le sonríe a todos, que abraza a la gente de la calle, que se muere por sus gatos, que está enamorada de su país, que adora la lluvia, que se vuelve una niña junto al mar, comiendo una sandía, que escucha en la soledad de su vida a Elis Regina, que alegra sus tardes de domingo con el Kiri Escobar, cantando suavecito: “Yo quiero que el hombre sonría/le cante a la sal de los días/ que vayan sus manos de viento/ al surco de tierras baldías…”.

Y entonces, las flores buenas de Fabiola, vuelven a florecer…

Sonaly Tuesta:

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El Perú es una energía que me da vida…

Sonaly Tuesta Altamirano es la muchacha que camina por los pueblos del Perú y a través de la televisión nos muestra sus costumbres, la de los pueblos más alejados y disfruta con ellos de sus fiestas, de sus comidas, de ese sentimiento que tenemos los peruanos por la vida. Hace poco estuvo en estado de coma y millones de personas lloraron y oraron por ella, porque sentíamos, como dice el poeta Cronwel Jara, que ella era el Perú y su energía. Conversamos con la periodista de Lamud, en medio de la lluvia de Moyobamba, en la Feria del Libro, donde participó hablándonos del patrimonio cultural inmaterial.

Sonaly Tuesta es comunicadora y en medio de un desayuno con humitas, en un alojamiento que se parece a una casa de su infancia, lleno de flores y árboles y baúles antiguos y hamacas, le pregunto de frente qué es el Perú para ella. Se frota las manos y su memoria, estoy seguro, vuelve a recorrer cada lugar donde ha sido feliz y me dice con seguridad: “es mi casa grande, es como un sentimiento, una energía que me da vida, un espíritu que encuentro en la gente…”. Y antes que prosiga le sigo preguntando: ¿Y qué te hace feliz?, y ahora sí, de frente me responde: “conocer a la gente y que la gente me cuente sus historias, que la gente me trasmita sus costumbres, sus saberes…”.

Y luego me habla acerca de la diversidad, la pluriculturalidad, en un país monocultural, que reconoce un solo idioma, cuando existen más de cien. Y entonces le digo mirándole a los ojos, ¿y qué te jode? “Que tengamos tanta riqueza en tradiciones y que la gente que es depositaria de ese saber, viva tan mal y algunos, en la miseria y que sean otros, quienes se beneficien”. Y ella sabe por qué lo dice, después de caminar, sufrir y disfrutar cada rincón del país.

Me cuenta que el lugar más hermoso del mundo es donde ha nacido y donde ha vivido. En Lamud, provincia de Luya, en Chachapoyas y cierra los ojos y su pueblo le late en el corazón. Aunque sostiene que los cariños se multiplican y que el lugar, a veces es lo de menos, porque lo más importante es la gente.

La fiesta del agua en la sierra de Lima le conmueve, porque le parece increíble que en pleno siglo XXI, se siga creyendo que estos rituales ayudan para que el agua llegue a los campos y mejore la cosecha, por ello mismo, siente un profundo respeto por las creencias o cuando visita un sitio sagrado. Ella pide permiso a los Apus, a los dioses de la naturaleza, a los cerros, a los ríos, a la misma pacha mama y nos afirma que en su vida misma, ha interiorizado esas creencias mágicas de la gente.

Y después de un jugo de papaya y el sabor de esa humita de maíz, que es una delicia y lo sé por su mirada que se pierde, me dice que su comida favorita se llama “costumbre”, un plato de vísceras de cerdo, con papas y hierba buena que se prepara en su pueblo, en su querido Lamud y que es un símbolo de la fiesta. Que su abuela preparaba esa costumbre para chuparse los dedos y que su madre hacía lo mismo y que ella, cada vez que puede, llega a su casa para saborear esa costumbre.

Y después conversamos con Sonaly sobre el periodismo y la literatura, sus dos pasiones. El periodismo fue un vehículo para escribir, una profesión a la que llegué porque era más cercano a la palabra y hoy se ha convertido en un arma y en un concepto de vida, porque me conecta con la gente. Y porque uno con el periodismo adquiere una capacidad de observación, para saber qué preguntar a la gente y cómo apreciar lo que te dice el otro, o lo que te quieren decir.

La literatura te ayuda, para escribir mejor, para sentir mejor. Te sensibiliza el alma, hace que seas un periodista diferente. Y yo le creo, porque Sonaly escribe poesía y entonces sus imágenes, en su conocido programa, se llenan de magia y te llegan al corazón mismo de la vida.

A Sonaly le gusta ese cuento de Ribeyro, “Silvio en el Rosedal”, le emociona José María Arguedas, más todavía cuando estuvo en la hacienda de Viseca, lugar donde se desarrollaron sus cuentos y novelas. Que “El zorro de arriba y el zorro de abajo” lo volvería a leer cuántas veces. Que la poesía de Antonio Cisneros le gustará siempre y que la poesía de Marco Martos le ha conectado con la poesía más lírica y más fina y que Giovanna Pollarolo le hace feliz con sus palabras. Y que volverá siempre a releer a Nicanor Parra.

En Moyobamba disfrutó de la lluvia, se mojó de felicidad en un viaje relámpago, compartió sus quehaceres con decenas de jóvenes en una conferencia sobre su trabajo. Fue reconocida por la Municipalidad de Moyobamba y por el Ministerio de Cultura. El sector educación le impuso la medalla “Francisco Izquierdo Ríos”, la más alta distinción de la Amazonía. Se abrazó con la gente en la calle, se emocionó con los jóvenes que le saludaban. Que se puso sensible cuando le decían que habían orado por ella. Se abrazó con el poeta Cronwell Jara y con Delfina Paredes se quisieron en un abrazo que parecía eterno.

Prometió volver para danzar la pandilla y comer juane avispa y disfrutar del sol y la lluvia al mismo tiempo. La volveremos a ver, en algún lugar del Perú profundo, por la televisión, a través de una costumbre, en una fiesta que nos llenará de Perú.

Claudia Cisneros

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No tenemos que ser conformistas…

Su nombre es sinónimo de rebeldía. Es una periodista que está siempre en el ojo de la tormenta, diciendo y escribiendo lo que siente. Y no le tiene miedo a nada ni a nadie. Hace años se rapó el pelo para protestar en un canal de televisión y ahora está convencida que a los fujimoristas hay que pelearles el espacio político con todo, en las calles, en los medios, con la palabra, con la voz. Una periodista polémica, que tiene una posición política, que dice que es de centro radical, pero que también escribe sobre los bosques, la naturaleza y la ciencia. Hace poco compartió sus experiencias con los periodistas sanmartinenses y tuvimos el placer de conversar con ella.

Yo llegué al periodismo de casualidad y algo de la sangre que me jala. Me fui a Estados Unidos a trabajar y realicé todo tipo de chamba, hasta que me cansé. Un buen día decidí aplicar un trabajo en un canal de televisión latino y les dije que había trabajado de reportera. Me creyeron, y yo me quedé fascinada con el mundo de la televisión, ver por dentro cómo se producen las noticias y bueno, le puse empeño y ganas, y salí a las calles en busca de las noticias y de la emoción que nos produce esta carrera”, recuerda con nostalgia Claudia Cisneros, mirando al vacío y con sus manos en su rostro, en pose vallejiana.

Después de tres años en Miami, en la cadena Fox, donde llegó a ocupar el cargo de jefa de mesa, los contenidos amarillos del canal le fueron molestando cada vez con mayor fuerza. Empezaron las discusiones, los puntos de vista contrariados y se alejó. Volvió al país por razones sentimentales y aquí tuvo la necesidad de recuperar el espacio de su vida a través del periodismo.

Y llegó a Panamericana televisión, específicamente al programa Panorama, “donde aprendí a hacer los verdaderos reportajes y fui descubriendo emocionada mi verdadera vocación, entonces el periodismo se metió en mi vida para siempre. Umberto Jara fue un buen tutor para todos los de esa época, un formador bueno, pese a lo que pasó después y conocí a gente extraordinaria, a Mauricio Fernandini, Viviana Melzi, Elsa Ursula, Beto Ortiz, con quienes hemos compartido tantas cosas y aprendimos también a tomarle el pulso al país todos los días, a olfatear la noticia y a descubrir los escándalos, investigando, metiendo las narices donde se puede y donde no le gusta al poder”.

Le pregunto ¿qué te gusta del periodismo? Se acaricia despacito uno de sus brazos, sonríe para ella, piensa, se muerde los labios y en su rostro de mujer guapa, se dibuja una nostalgia, que viene de su memoria. “Me gusta la posibilidad de comunicar a otros las historias y ser crítica siempre y en mi caso, es una forma de ver y vivir la vida intrínsecamente, con una preocupación por los demás, con una inherente e insaciable curiosidad por el mundo, por la sociedad, por la gente, por su forma de vivir, ligado a una voluntad por aportar algo, desde el lugar donde estamos…”.

¿Y qué te jode del país? Y me responde directo y sin pensar mucho. “En nuestro país hay mucha hipocresía, un cinismo que avergüenza y me jode, que haya quienes ejercen de esa manera el periodismo, que es un arma poderosa, que algunos o muchos, lo usan para satisfacer apetitos personales, abusando de ese privilegio”.

Y sin que vuelva a preguntarle me dice con fastidio: “me jode y me frustra también, que siendo un país tan inmensamente rico en todos los aspectos… natural, cultural, lo desperdiciemos de esa manera y sobre todo, nos dejemos avasallar por la corrupción, que ha penetrado y se ha metido en todas las instituciones más importantes, alimentada por el neoliberalismo, el consumismo, promovido por el capitalismo salvaje. Tenemos tantas posibilidades de desarrollo, de tener mucho y tanto, y estamos a la inversa y por el otro camino…”.

¿Y qué te gusta del país? “Que haya periodistas honestos y que se enfrenten al sistema y eso es una gran esperanza, porque el periodismo tiene que ser un aporte social en nuestro país y es alentador saber, que hay gente que le interesa y está preparada para darle batalla a la vida y luchar”.

¿Hay quienes dicen que tú miras al país con el ojo izquierdo? “Están equivocados, me consideran de izquierda porque defiendo algunos conceptos primordiales como los derechos humanos, la justicia y en eso coincido con la gente de izquierda, pero también soy crítica con ellos. La gente de la derecha me acusa de comunista y la gente de izquierda me ubica en la derecha. Y yo soy de centro radical”.

¿Y muchos te acusan de rebelde? “Eso me gusta, porque lo soy, hay que ser rebelde, no tenemos que ser conformistas, la misma esencia del periodismo es cuestionar, investigar, ir contra lo establecido, contra lo convencional. Rebelde siempre”. Y lo dice con orgullo.

Al final hablamos de su tío, el poeta Toño Cisneros y se llenó de nostalgia. “Lamento no haber sido más cercana a él cuando estuvo vivo. Después lo conocí a través de su poesía y entendí el lugar que tiene en la poesía universal. Su apuesta por la poesía lúdica, sarcástica, divertida y sobre todo, su persistencia de ser un poeta, que nunca ha sido fácil. Conversé con él, estuve con él, pero me hubiera gustado hablar más con él”.

Claudia Cisneros siempre es un referente ahora. Su voz, su palabra, sigue siendo importante y alborota la política. Sueña con un país justo, que tiene una necesidad de estar en la lucha contra quienes detentan el poder. Que se siente feliz de ser peruana, por su historia, por su cultura. Que ha descubierto que la poesía es una expresión extraordinaria del alma y que la selva es mágica, que siente que es el futuro de la salud del planeta. Y eso celebramos con un juane de avispa y refresco de camu camu.

La lluvia nos refresca el alma. Claudia se lleva en su mirada el color de las orquídeas de Moyobamba. En su memoria los relatos de Raúl del Águila en el Museo Toé de Rioja y en Lamas ha sentido la música de los quechuas del Wayku, donde alguna vez, su tío, el poeta, le cantó a la vida, con sus palabras.

Eloy Jáuregui

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Pa´ bravo yo…

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