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Lectura de muestra

La llocllada

Carlos Tafur Ruíz

Índice del libro
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Ilustraciones de Oscar Alva Tafur

Presentación

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Yuracyacu es el escenario principal donde se desarrollan las historias de Carlos Tafur Ruíz, en su libro “La Llocllada”. Las anécdotas, escritas de una manera didáctica, de fácil comprensión, nos permiten un acercamiento hacia el conocimiento de los orígenes de ciertas leyendas que se han contado por siglos en las reuniones caseras o veladas. Son situaciones llenas de humor, sin malicia, buscando un propósito: divertir y hacer pasar un momento agradable al lector.

Cada relato nos hace cómplices de los sucesos. No podemos dejar de sonreír ante los acontecimientos que le ocurren a Lucifer, acusado de asesinato; así como la caída del féretro y de los cargadores en el relato “El antiguo cementerio”. Los personajes desfilan con mucha inocencia, como “Joshé” o el “Aspirante a petrolero”, o la ingenuidad de la policía en “El único detenido”.

Se podría decir que la historia llena de anécdotas de Yuracyacu se encuentra en este libro, lleno de vivencias, explorando las fiestas, las primeras lecturas, los personajes que son el alma del pueblo, como “Don Shalva”, “Don Sheshita” o “El cumpita Puricho”. O los acontecimientos como el relato que origina el título del libro, donde la anécdota gira en torno al desembalse del agua llenándose de barro, asfixiando a los peces; lo que motiva una movilización de la gente para recursear un alimento tantas veces deseado para el timbuchi.

Carlos Tafur Ruíz nos pinta cuadros que desfilan ante nuestros ojos con mucha vitalidad, ingenuidad, y sobre todo, llenos de humor, donde la espontaneidad y la nostalgia son los ejes que dan vida a este libro.

Juan Rodríguez Pérez

La leyenda del Huasta perdido

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Capital del distrito del mismo nombre, mi pueblo se encuentra asentado en las márgenes de los ríos Yuracyacu y Mayo. Si nos ponemos a hurgar en su origen, nos encontramos con datos un tanto confusos que no nos permiten por el momento aclarar el panorama. Lo que sí podemos afirmar es que en tiempos remotos Yuracyacu fue un asentamiento aborigen de regular población e importancia, a juzgar por los vestigios encontrados en distintos sectores: ceramios y hachas de piedra de distinto tamaño, en los alrededores del pueblo, y un cementerio en el sector Río Seco (actual Patria Nueva), al que se ha echado a perder con la mecanización de esas tierras.

Se desconoce la fecha de fundación de Yuracyacu. Por esto, podemos afirmar que sus padres, un tanto descuidados, no sentaron su partida de nacimiento. Sin embargo, existe la leyenda del Huasta perdido que nos habla de este acontecimiento.

Se cuenta que, a orillas del río Huasta, afluente del Mayo, había un pueblo floreciente y religioso. Para las festividades venían los curas de Chachapoyas por un camino que pasaba por el pueblo de Olleros. Para una de ésas vino un cura a Huasta, el cual, apenas llegó, convocó a una reunión previa a toda la población y, al término de la misma, recomendó a los asistentes que no llevaran criaturas a la misa. Pero sucedió que una señora, que no había escuchado esta advertencia, llevó a uno de sus hijos de unos tres años de edad. Cuando la misa estaba en su parte culminante, el niño empezó a gritar:

―¡Mamá, mamá, el cura tiene rabo!

Al oír estas palabras, todos los asistentes vieron que efectivamente era cierto lo que el niño decía. Se produjo entonces un momento de silencio, luego una explosión, seguida de un temblor. Todos los que estaban en el interior de la iglesia quedaron encantados y desaparecieron. Los pocos que quedaron vivos huyeron abandonando el pueblo y fueron quienes dieron origen a los caseríos de Jacinto, Dorada, Yuracyacu y al barrio Huastilla de Moyobamba.

Nuestros abuelos nos contaban que cuando iban a cazar o pescar por el río Huasta, escuchaban tañido de campanas y cantar de gallos, especialmente en la época de San Juan.

Acusan a Lucifer de asesinato

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La Habana, distrito perteneciente a la provincia de Moyobamba y ubicado entre Calzada y Soritor, es un pueblo apacible, cuyos habitantes se dedican mayormente a la agricultura; sin embargo, no deja de tener sobresaltos de tanto en tanto. Uno de estos sobresaltos ocurrió a principios de la segunda mitad del siglo pasado, cuando se cometió un crimen con tal ensañamiento que en un principio se creyó que ese “trabajo” no había sido hecho por manos humanas sino por el mismísimo Lucifer.

El día del crimen, Juan Reynaldo, luego de desayunar, salió rumbo a su chacra que distaba apenas una hora a pie, con el fin de abastecerse de dos racimos de plátano, por lo que le dijo a su mujer que iba a regresar lo más pronto posible, ya que tenía un compromiso en el pueblo. El hombre llegó al platanal y luego de un rápido desyerbe se hizo de los dos racimos. Una vez amarrados y cargados estos, emprendió el retorno, colocando entre los brazos su retrocarga, arma cuya posesión era común para los hombres del campo en aquellos tiempos.

De repente, en cierta parte del camino, dos individuos salieron del monte y le atacaron a traición. Después de golpearle cruelmente, le quitaron el arma cuyo cañón lo introdujeron en su ano haciéndolo llegar hasta sus intestinos que quedaron destrozados; es decir, cometieron atrocidades con él. Luego le maniataron con sus propios vestidos y creyéndole muerto le dejaron a un costado del camino.

Su mujer, al ver que la noche se venía y Juan Reynaldo no regresaba, sospechó que algo malo le había sucedido a él, por lo que pidió ayuda a varios vecinos, quienes salieron en su búsqueda y le encontraron moribundo, conduciéndole a su casa. Tres días duró la agonía de este hombre, quien durante este tiempo balbuceaba algo que los que le cuidaban entendieron que decía Lucifer, lo cual se regó en el pueblo, a tal punto que se creyó que el diablo había cometido este crimen. Cuando la policía de Soritor se enteró de este caso, se hizo presente en La Habana y sin realizar mayor investigación aceptó la versión de los pobladores y envió el atestado respectivo al juzgado de primera instancia de Moyobamba.

El juez, que muy poco creía en el diablo, no aceptó esta versión, por lo que en uso de sus atribuciones solicitó al comando policial que se practicara una investigación a fondo de este caso, lo cual se hizo y se descubrió que quienes habían perpetrado este execrable delito fueron dos hombres, uno de ellos llamado Israel, a quien la viuda había rechazado para casarse con Juan Reynaldo, y ese nombre balbuceaba el agonizante, pero como lo hacía de manera casi ininteligible, se sospechó que mencionaba al diablo mayor.

Si bien el caso se resolvió y se aclaró, quedó en el pueblo como anécdota el hecho de haber acusado a Lucifer por un crimen que no cometió.

Junio en Yuracyacu

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Cuando yo era muchacho me gustaba el mes de junio, pues era la época de floración de las uritosingas, unas hermosas flores rojas que también son conocidas entre nosotros como corpus-sisa o pico de loro y cuyos estambres usábamos los muchachos con intenciones musicales. Y aún hoy, cada vez que mis ojos vuelven a encontrarse con estas flores, para mí constituye un caso curioso observar esos bejucos o sogas que crecen junto a las fuentes de agua y que nos muestran sus flores sólo una vez al año.

En junio, también recuerdo que maduraban las naranjas y los frutos del uchu-sanango, y se cosechaba el arroz. Nosotros pescábamos mojarras con anzuelos artesanales de alfiler doblados con lápiz y cuya carnada habilitábamos con aquellos frutitos rojos de una variedad de ishanga que abundaba en las orillas del Yuracyacu...

Además, en junio aparecían en el escenario pueblerino bandadas de palomas silvestres que cazábamos con jaulas construidas por nosotros mismos y que las llamábamos pomposamente “palomas arroceras”.

El mes de junio era una fiesta permanente. Esta feria que nos brindaba la naturaleza a todos los niños de Yuracyacu en este mes, se remataba con las festividades de San Juan y sus coloridas umshas. Recuerdo que había en el pueblo un señor que al anochecer el día 23 recorría las calles golpeando un enorme bombo, anunciando de esta manera el inicio de la fiesta. Esta empezaba y terminaba indefectiblemente en la casa de doña Miguelina Macedo, quien era la guardiana del hacha que se usaba exclusivamente para cortar las umshas. Esta hacha era sacada de su reposo anual adornada con cintas de colores y era conocida como la hachita chobonera. Estimado lector, ¿no te apetece ahora comer un juanecito envuelto con bijao del Alto Mayo?

Mis primeras lecturas

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Voy a recordar lo que leía en mi niñez y adolescencia. Criado en un hogar adventista, felizmente un tanto liberal, mis primeras lecturas, aparte de los textos escolares, las poesías y los diálogos que Felipe Ruíz Vásquez, mi profesor, me hacía aprender para las actuaciones cívico-patrióticas, fueron la Biblia y otras relacionadas con ella, como Atalaya (hoy “Vida Feliz”), Juventud, etc. Claro que leía también uno que otro retazo de periódico atrasado que no sé o no recuerdo cómo llegaba a Yuracyacu.

Terminada ya mi primaria, recuerdo a don Trinidad Villacís, natural del pueblo y encargado de la oficina de Correos y Telégrafos, que vendía la revista Life en español y, según decía él, yo era uno de los pocos que le compraba la revista y el único muchacho que hacía dicha compra. A mi padre también le gustaba esta revista y siempre me pedía para leerla, pero no sabía ni me preguntaba cómo yo conseguía o de dónde sacaba los cinco soles que dicha publicación costaba.

Resulta que el “viejo” (no tan viejo en aquel entonces) tenía café y arroz almacenados en el terrado de la casa y yo le choreaba de vez en cuando uno que otro medio almud de dichos granos (medio almud era una medida para granos muy utilizada en la región y su contenido era igual a la de una lata galletera de entonces), lo vendía, compraba la revista y me guardaba el dinero sobrante. Y el tata ni se daba cuenta.

Lo que sucedió en años posteriores lo contaré en otra oportunidad.

Joshé

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Joshé era un personaje malísimo conocido en el Alto Mayo, sobre todo en Rioja, su tierra natal, por las peculiaridades que él tenía: Experto tejedor de sombreros, siendo esta actividad propia de mujeres; cartomántico, pero en sus vaticinios acostumbraba mayormente decir con su voz melindrosa: te acompaña una mujer trigueña, aunque el usuario no tenía ni siquiera una amiga. Y en una actitud propia de bohemios se zampaba sus chuchuwashas y como era blanquiñoso, cuando empinaba el codo su rostro se ponía sonrosado.

Y estando con sus alcoholes era más desvergonzado, a tal punto que incluso cometía latrocinios. Una mañana, Joshé estaba caminando por la calle y al pasar frente a una casa vio a una señora que estaba tejiendo. De inmediato él se acercó y ofreció sus servicios como tejedor, ofrecimiento que la mujer aceptó de buen grado, le dio la obra y se metió en su cocina a preparar el almuerzo. Pero se dio el caso de que ella no tenía plátano para el inguiri, por lo que le contó a Joshé que no tenía dicho artículo. Él, ni corto ni perezoso y con gesto zalamero, dijo: “Selmita, no te preocupes, yo te lo consigo, sé donde hay”. Entonces ella le dio diez soles (de los antiguos) y una alforja nueva. Joshé recibió las dos cosas, salió de la casa y nunca más volvió.

Otro día, estando chuchuwasheado, se fue al cementerio y parándose en el centro de la entrada, con potente pero afeminada voz llamó al panteonero, que tenía por chapa Gollón, y cuando este se acercó, Joshé le dijo: “Mira, golloncito, quiero darte a conocer mi deseo para cuando me muera”. El tal golloncito le preguntó: “¿Y cuál es tu deseo, Joshé?” Y este le respondió: “Cuando me muera, quiero que me entierren aquí”. Y señaló el lugar donde estaba parado.

El panteonero volvió a preguntarle: “¿Por qué quieres que te entierren en este sitio?” El interrogado respondió al instante: “Golloncito, es que yo quiero que me pisen al entrar y me pisen al salir”.

En algún momento, Joshé cometió un delito que merecía encarcelamiento y debido a que en Rioja no hay cárcel, tuvo que ser conducido a Moyobamba. Como siempre ha habido un resentimiento contra las autoridades de la capital departamental por cuestiones presupuestarias, cuando vieron que él estaba subiendo al carro, preso ya, un riojano manifestó este resentimiento al decir: “Estos desgraciados moyobambinos todo nos quitan; aishtá, nuestro único maricón también nos están quitando”.

Es posible que haya más anécdotas de y sobre Joshé; de haberlas, ya lo sabremos y las contaremos en otra ocasión. Por el momento, punto final.

El antiguo cementerio

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No recordamos días, recordamos momentos

Cesare Pavase

Cuando yo era niño, la vida en Yuracyacu (como en todos los pueblos pequeños de la Selva) transcurría mayormente de manera tranquila, salvo algunos acontecimientos, como cuando una vez al año, a modo de ritual y en forma comunitaria se pescaba en el río Soritor, para lo cual los participantes, aparte de sus canoas y utensilios de pesca, debían aportar una cierta cantidad de barbasco; o algún sobresalto, por ejemplo cuando al bajar a Moyobamba por el río Mayo, la canoa viraba en la tipishca, causando a veces dicha virada más de una muerte por ahogamiento. Otro suceso se daba también cuando alguien hacía su canoa monte adentro, siendo su jalada y botadura todo un espectáculo para nosotros los menores. ¡Cómo olvidar los gritos de aliento que se daban los mayores, las bromas que se hacían y decían, pidiendo a cada rato su “trago y la otra” con el que dizque reponían sus energías!

Y así, entre los recuerdos de esos años, permítanme relatar brevemente uno de ellos, ya que se trata de algo que logré presenciar más de una vez.

Resulta pues que, por algún motivo, el anterior cementerio (el actual ya está en lugar adecuado) se encontraba al otro lado del río Yuracyacu. Cuando este crecía, se necesitaba más de una canoa para hacer pasar el ataúd, los cargadores, los deudos, acompañantes, etc. Cuando estaba bajo, bastaba que los varones se arremangaran los pantalones y las mujeres subieran sus faldas.

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