← Volver al libroBookZtore · Muestra
Lectura de muestra

Cogollitos

Mardell Tello Pérez

Índice del libro
image0001.png
OEBPS/images/image0002.png

A mis hijos Joe Mardell, Jhon Alex, Michael Anthony, Katty Federovna, Sonia Furió, Veruska Lusely, Jennifer y Marvel, con el más sublime amor de mis entrañas. A ellos, donde quiera que se encuentren, llegará siempre mi pensamiento de gratitud y orgullo, porque siguen la senda del hijo del hombre que a todos enseñó a ser honrados, nobles y sinceros: mi padre.

A Miguel Antonio Tello Tuesta, el hombre que me dio la vida, curtido y doctorado en la escuela de la vida. No olvidaré jamás tus consejos: “Cuando converses con tus conocidos, no hables de política, pues vas a pelear con tu amigo, tío, sobrino o primo; cuando estés comiendo, nunca hagas reclamos, porque esa rica sopa de piedra que te han servido, te podría atragantar o convertirse en veneno; si alguna vez quieres hacer un reclamo a tu mujer, hazlo en la cama a la media noche o en lugares donde no puedan escuchar tus hijos”.

A Reidelinda Pérez López, mi querida y adorada madre, nutricionista y malabarista para alimentar a sus 17 hijos. Aún recuerdo sus palabras: “Cuando sientan hambre, canten, rían, bailen, pero no lloren; cuando estén tristes o tengan problemas, caminen, corran, jueguen, así olvidarán sus preocupaciones; pero no lloren; cuando hayamos partido de este mundo tu padre y yo, diviértanse, canten, bailen, pongan música para la gente, pero no lloren, muertos ya de nada nos sirve”.

OEBPS/images/image0003.png

Un buen bocado

↑ Volver al índice

Mi hijo Darío de diez años de edad y yo fuimos a mi chacra a una hora de camino del pueblo, a un lugar llamado Juanjuicillo. Cortamos un racimo de plátano, sacamos una cepa de yuca, unas cuantas caihuas que a su mamá le gustaba especialmente asadas y, cuando estábamos sacando sachapapa detrás de un árbol caído y podrido, de este salió corriendo una carachupa (armadillo), de caparazón negro, la más grande en su especie. Se fue a meterse en su casa, es decir en un hueco.

Encargué a mi hijo que cuidase un agujero cercano, para que no se nos escape. Las carachupas tienen sus casas con entradas y salidas, supuse que ese otro hueco era la salida, por eso le tapamos, por si acaso.

Al meter una varilla en el hueco y sentir que esta temblaba, me percaté del rabo y lo cogí. Jalé con todas mis fuerzas, pero no pude sacarla de su casa; más bien me resbalé, caí de espalda.

OEBPS/images/image0004.jpg

En ese momento oí un agudo grito. Era mi hijo. “¿Qué pasó?”, le pregunté. “¡Cuidado papá, esa víbora!”. Justo esta saltaba hacia mí. Felizmente logré frenarla a tiempo con el palo.

Enseguida cogí el machete. La víbora estaba enfurecida, una y otra vez esquivaba el sable.

OEBPS/images/image0005.jpg

Cuando ya iba a darme por vencido, por suerte o por milagro cayó mi sombrero y la serpiente se abalanzó sobre él, dándole mordiscos. En un santiamén lo destrozó, tiempo que aproveché para liquidarla.

Mi hijo se abrazó a mí entre sollozos. “¡No pasó nada hijito!”, le consolé. Era la víbora más grande que he visto en mi vida, de dos metros y medio, cuyos colmillos parecían las de una huangana. Era un quilloshushupe, la más brava de estas víboras.

La llevamos al tambo. Preparé fuego, corté una cuarta de su cabeza para evitar el veneno, luego la chamusqué y mientras le sacaba las visceras, le conté a mi hijo acerca de la carachupa: “estos animalitos conviven con la serpiente; a ellos no les muerden y no les hace daño su veneno, están inmunizados porque se alimentan de frutos venenosos”, le expliqué.

Corté a la serpiente en pequeños trozos, sazonándola con sal, luego hice hervir agua y preparé un sabroso estofado con yuca, caihuas y tomate, e invité a comer a mi muchacho. Por supuesto no quiso hacerlo. Para animarlo tuve que contarle lo que hacían los soldados alemanes en la guerra, cuando no tenían nada que llevarse al estómago: buscaban palos podridos, los echaban sal y limón y comían diciendo que era la mejor sardina del mundo. Tenían que hacerlo, de lo contrario les esperaba la muerte.

Mi muchacho probó y le gustó. Desde aquel día él es el preparador del famoso viborachado, que sirve para curar a los enfermos de epilepsia y a los que sufren de la columna vertebral.

Cuando seas hombre

↑ Volver al índice

Hijo

cuando tengas el don de raciocinio

y sepas descubrir ya por tí solo

la infamia, la mentira y el engaño

de los hombres que a tu alrededor pululan

como moscas, cucarachas y serpientes,

entonces con nostálgica tristeza dirás:

¡Cómo quisiera volver a ser niño!

OEBPS/images/image0006.jpg

El padre de mi padre

↑ Volver al índice

En un pequeño pueblo, hace mucho, vivía el padre de mi padre junto con sus cuatro hijos y su señora esposa casi de su misma edad. Tenían un pequeño negocio donde vendían panes y caramelos; mejor dicho, eran dueños de una chingana, como se decía en esos tiempos.

Los esposos guardaban los panes en grandes botellones, y los caramelos en pequeños. Sabían cuántos caramelos de menta, de limón, de fresa, dejaban cuando solían ir de compras. De regreso lo primero que hacían era mirar al botellón y sonreían maliciosamente...

Los niños, osea mi padre y mis tíos, iban creciendo en un ambiente de paz y alegría. Nunca peleaban, y no había ni insultos ni discusiones agrias porque así los educaban sus padres.

Un día los esposos salieron a visitar a una pariente enferma y se demoraron en regresar porque esta les pedía que no la dejaran sola; para colmo empezó a llover torrencialmente, haciendo el retorno imposible debido a que el puente se cayó y fue llevado por la corriente.

OEBPS/images/image0007.jpg

Con el paso de las horas, los niños empezaron a impacientarse. El mayorcito, que tenía ocho años en ese entonces, les dijo a sus hermanitos: “quédense jugando, voy a buscarlos: tal vez han sufrido un accidente”. Así diciendo salió. Llegó empapado al puente y con horror vio que la corriente se lo había llevado. Lo primero que pensó fue que sus padres se habían ahogado; pero al buscarlos con la mirada los vió bajo la sombra de unos plátanos. “¡Mamitaaaa, papitoooo”, gritó con todas sus fuerzas. Los viejos al oír sus gritos, corrieron hacia la quebrada. “Regresa a cuidar a tus hermanos; en cuanto merme la corriente pasaremos”, le dijeron.

El muchacho obedeció la orden. Al llegar a su casa tranquilizó a sus hermanos y los cuidó hasta el regreso de sus padres. Cuando estos regresaron, ya eran las seis de la tarde.

Después de abrazar a sus hijos el viejo miró a los botellones y de una hojeada se dió cuenta que faltaban tres bizcochos y tres caramelos. “Ajá”, dijo, “¿quién ha tocado los panes y caramelos?”. Los muchachos se miraban unos a otros, asustados, pero ninguno decía una palabra.

El padre fue a traer su cinturón, ¡tampoco dijeron nada! Los tres menores miraban al mayor. El padre al darse cuenta les resondró: “No hijos, él no ha sido, ustedes tres fueron. El que subió a la silla ha sido pedro. Y este le dio a José, luego a Nicolás”.

Al oír estas palabras, los muchachos empezaron a temblar más. Papá agregó: “yo también fui como ustedes, travieso. Un día cogí las tortillas de mamá, sin avisar. Cuando mi papá preguntó quién fue el que las comió, yo me paré entre todos los hermanos y dije: ‘fui yo papá, ¡tenía mucha hambre!’. ‘Muy bien hijo’, siguió diciendo mi padre, ‘en la vida siempre hay que decir la verdad y por qué se ha hecho tal o cual cosa’. Así debe ser el hombre, honesto”.

0%
Hasta aquí llega la muestra

Continúa la lectura adquiriendo el libro completo.