Bubinzana
Arturo D. Hernández
Índice del libro
Bubinzana / La canción mágica del Amazonas
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El Padre Sandro creyó de pronto que era objeto de una alucinación. El ser más estrafalario que puede concebirse se destacaba entre los despojos del caserío arrasado y humeante. Era una figura baja y rechoncha en la que predominaba el rojo. Rojos eran sus ojos inyectados de sangre; amoratado su rostro y sus puños y sus pies de piel tostada.
Desde los años de su infancia el sacerdote llevaba arraigada la creencia de que el color del mal es el rojo de los antros infernales; que rojo era el furor de la locura, el impulso asesino y suicida, el arrebato del crimen pasional. Muchas veces, al contemplar la púrpura de los ocasos tropicales que tiñen el paisaje llenándolo de desolación, pensó en los cataclismos y en el fin del mundo.
Repentinamente el Padre Sandro mitigó su angustia. Como acto instintivo ante aquella aparición, sus manos se deslizaron al fondo de la camisa buscando su inseparable crucecita de oro, mas el hombre al comprender su ingenuidad, se expresó con sarcasmo:
—¿Por ventura piensas que soy Satanás...?; soy solamente el brujo.
—¿Tu nombre? —preguntó el sacerdote.
—Hace tiempo que olvidé mi nombre. Me llaman el brujo, pero si tú quieres seré para tí el curandero. La ciencia del brujo y la del curandero —y si tú aceptas la del sacerdote —se complementan en el mundo primitivo donde estamos.
Los conceptos y la fluidez de sus expresiones indicaban apreciable grado de cultura en este hombre quien, dando un mayor énfasis a sus palabras, prosiguió:
—Ya sé que eres un rebelde venido de Lima a las márgenes del Amazonas en busca de una tierra donde ejercer tu apostolado fuera del contacto de la civilización a la que crees perdida. No pongas esa cara de estupor, pues lo repetiste en tres sermones dominicales ante el auditorio de estas gentes sencillas que no te comprendían. Ya sé que no fuiste expulsado de la comunidad en la que, supones, aún esperan tu retorno para escuchar tu historia. Pero de aquí ya nadie sale. No sabías al llegar que en la selva el trabajo no es libre y que el hombre es un esclavo a medias. Ya ves el resultado: cenizas.
—¿De dónde apareciste?
—Yo sabía lo que iba a suceder, pues acechaba desde el bosque. Cometiste el error de fundar este caserío y ponerle por nombre «Esperanza»; debías hoy llamarlo «El Desengaño». El tiempo de las misiones ha terminado dejando en su lugar el de los intereses creados. Conozco el lugar donde podías ejercer tu apostolado en paz. Le puse por nombre. «El Paraíso», al descubrirlo muy joven, huyendo de la muerte.
Fue así como aquel hombre entró en la vida del Padre Sandro. Representaban entre ambos dos obsesiones contrapuestas: la del pecador irreductible tras el placer sensual, y la del santo en pos de un ideal cristiano. Se unieron dos incompatibilidades cuyos resultados estaban muy lejos de prever.
2
El brujo levantó una covacha junto a la capilla que se había salvado del incendio y en ella se instaló. El sacerdote interrumpió cierta noche su deambular fantasmal bajo la luna, cuyo fulgor mate trasmitía lividez cadavérica a su cárdena piel. Su sonrisa sarcástica resultó entonces repulsiva y siniestra.
—Tienes miedo a la soledad y al silencio de la noche —le dijo antes de que le dirigiera la palabra—. Yo vi hombres extraviados en el interior de la selva virgen, enloquecidos por el espanto que produce el vacío en ese fondo viviente y espantoso. ¡Tienes miedo a la soledad! —Y de pronto aquel hombre lanzó una vibrante carcajada.
—No hay nada de eso —prosiguió—. Lo que hay es ineptitud para percibir el mundo de lo que está fuera del alcance de los sentidos y del raciocinio, todo aquello que la ciencia rechaza y que, sin embargo, siempre hace temblar. El hombre primitivo lo percibió, mucho antes de que al civilizarse se anularan en él sus grandes poderes intuitivos. La civilización quemó a los brujos en vez de procurar la interpretación de su ciencia oculta.
—¿Cuándo partimos? —le interrumpió el sacerdote.
—Cuando reúnas lo que debe ir con nosotros.
—¿Qué es lo que debe ir con nosotros?
—Tu rebaño; la gente que te rodeaba.
El brujo tenía razón. El rebaño era lo fundamental.
El día señalado todos acudieron a la cita con lo que podían cargar sus embarcaciones: herramientas, alimentos, hijuelos, semillas. El sacerdote tuvo que vencer al principio la resistencia de muchos, entre ellos Juan Rosales, que se oponía a incluir en la expedición al brujo. Todos quedaron conformes al ser informados de que era indispensable su compañía, tanto porque el brujo ya se había convertido en curandero, cuanto porque era el único conocedor de la ruta y del lugar a donde iban.
Iniciaron la navegación por anchos estuarios que penetraban hacia el interior, atravesaron sectores de selva inundada y por último entraron a una zona de pantanales que parecía no tener fin. El brujo calculaba la orientación examinando los cauces y los perfiles de matorrales yertos.
En los primeros días se esforzaron por evitar las huellas que los delataran a las comisiones que no tardarían en perseguirlos en cuanto las autoridades y los patrones tuvieran conocimiento del éxodo producido.
La naturaleza se tornó exótica y deslumbrante. Reverberaban al sol variedad de plantas acuáticas en que alternaba el helecho con el nenúfar, la victoria regia y la begonia. Entre musáceas y cañas, sobre alfombras de un glauco intenso, variedad de aves zancudas expresaban su sorpresa en estridente algarabía al notar la presencia de la flotilla. Garzas y grullas estáticas, ejemplares rezagados de grandes migraciones, proyectaban su quietud de extrañas flores blancas en medio de esa naturaleza que derrochaba el verde en todos sus matices, en contraste con un cielo azul arrebolado en poniente. Allí en ese caudal infinito de plantas, ocultaba su virtud inviolada la hoja que cura o mata, la raíz que nutre o envenena. Allí estaba encerrado el secreto de la larga vida o de la muerte instantánea.
Un extenso lago, de superficie cubierta por compacta costra de huamas (lechuga acuática) y salpicada de saltarinas aves zancudas de color canelo, se extendía ante ellos en cuanto traspusieron una angosta restinga. Distinguíanse sobre la verde superficie puntos móviles que se desplazaban con velocidad de saetas. El sacerdote sacó sus anteojos de larga vista y descubrió que eran víboras reptando sumidas entre las verdes hojas. Con frecuencia descendían en picada, aves de rapiña que volvían a levantar vuelo con una de ellas contorsionándose, pendiente del corvo pico. Las gentes al notar el movimiento ondulatorio de esa gruesa alfombra expresaron su entusiasmo:
—¡Mucho paiche! ¡Mucha vacamarina!
—También hay boas y caimanes monstruosos —agregó el brujo. Al sexto día de navegación el hijo de Ramírez que remaba con desgano, levantó el remo y se desplomó en el fondo de la canoa atacado de insolación. El sacerdote acudió en su auxilio llevando su bien provisto botiquín. El niño ardía con fiebre y sus pupilas, muy dilatadas, pronosticaban un final irremediable.
—Ejercita tu arte, curandero.
—Es inútil; hace tiempo que este muchacho está muerto —contestó el brujo mirando al chico como a un cadáver.
Ya bien tarde alcanzaron la banda opuesta cubierta de alta vegetación sumergida. A poco de penetrar en ella, se detuvieron las canoas con gran disgusto del brujo que parecía tener prisa.
Estaba acomodándose el sacerdote en la canoa para pasar la noche cuando un grito de mujer alarmó a los viajeros.
—Está ya muerto —exclamó— y un coro de lloriqueos se sumó al croar de las ranas.
Algunas empezaron a llorar hablando con entonación sentimental. Son las lloronas, pensó el sacerdote, y luego pidió silencio. Improvisó una mezcla de arenga y de sermón y en cuanto hubo terminado invitó a orar por el alma del que acababa de fallecer. Las últimas frases de la oración fueron absorbidas por el estruendo que produjo un fuerte golpe de viento, anuncio de una tempestad que se aproximaba. ¡Fue una noche espantosa!
Pasaron las horas. El fragor de la tempestad devino en calma; el embate de la lluvia se había aplacado convirtiéndose en fina llovizna y cierto frieciIlo calaba la piel entumeciendo los músculos. Voces plañideras partían desde algún punto imprecisable destacándose sobre el rumor apagado y enervante. Allí junto estaba el cadáver del niño. Por momentos se percibía el grito espantoso del caimán negro y de la boa constrictora.
A los veinte días de navegación sin descanso y sin sombra, con una lentitud que centuplicaba las distancias, se advertía en los semblantes signos inequívocos de abatimiento. Siguieron avanzando sin la menor idea de cuando terminaría ese peregrinaje. No había nada más desesperante que tener a la vista al anochecer, el punto de partida del mismo día. A su pesar, llegaba a oprimir el desaliento al sacerdote en los momentos en que le invadía cierta espeluznante sospecha acerca de la capacidad del guía, sospecha que se acentuaba después de las cortas conversaciones que sostenía con él.
—¿Falta mucho todavía para llegar?
—Ya no queda distante.
—¿No estamos extraviados? ¿Conoces bien la ruta?
—Vamos bien. He venido por aquí muchas veces.
—No es posible.
—Sí, vine. Recuerdo bien todo esto.
Su reticencia era desconcertante y no encontraba forma de hacerle entrar en explicaciones.
El interior de los lugares sumergidos, de vegetación más o menos alta, ostentaba parajes sombríos de maraña indescriptible, con manifiestos signos de locura vegetal. Veíase con frecuencia que de la descomposición de los árboles muertos sobresalían delicadas orquídeas, y de los ramajes rugosos, de troncos centenarios, brotaban cataratas luminosas y multicolores de parásitos en floración que descendían hasta el agua. Escuchábase por momentos el batir lánguido de alas en la fronda. En lugares poco profundos, cardúmenes compactos obstaculizaban la navegación.
En un recodo formado por musáceas descubrieron un árbol de punga. Crecía solitario. El tallo estriado de un verde diluido y lustroso, emergía de las aguas estancadas sobre un espacio descubierto, las pocas ramas extendidas como brazos de candelabros gigantes remataban en grandes flores de grana. Suele tenerse su encuentro como indicio de buena suerte, lo que produjo en los viajeros exclamaciones de júbilo y esperanza.
Experimentaron una sensación de alivio y euforia, verdadera compensación a sus penalidades, al deslizarse sobre las aguas claras y profundas de un lago, al que penetraron siguiendo un canal torrentoso que impedía el avance de las plantas acuáticas. Hacía varios días que venían observando, a la distancia, un fondo elevado, azulino, de perfil uniforme como el de una cordillera sin picos. Del infierno de los pantanales llegaban al paraíso terrenal.
Quien más feliz se manifestaba era el brujo. Abandonando su mutismo reticente adoptó una extravagante actitud de júbilo.
—¡Terminaron nuestras penalidades! ¡Aquí viviremos felices!
—¿Por qué te alegras de ese modo?
El brujo súbitamente abochornado guardó silencio.
Continuaron la navegación, ya sin obstáculos, pegados a una de las orillas. En aquel momento, una manada de bufeos, esos cetáceos amazónicos que han dado origen a multitud de leyendas, comenzó a emerger alrededor de las canoas con persistencia de tiburones tras el barco ballenero. Daban resoplidos estridentes y volvían a sumergirse lentos dejando ver el lomo plomizo y el pecho blancuzco. El brujo volvió a reanimarse.
—Ellos saben que en una de estas canoas va una muchacha...
Un hombre tomó su escopeta con ánimo de disparar contra el primer bufeo que saliera a la superficie.
—Ya puedes esperar toda la vida. No lo volverás a ver —afirmó el brujo con sarcasmo.
En lo alto, en terreno llano, se levantaba una vegetación de asombrosa exuberancia. A través del rumor de la fronda se escuchaban dulces trinos, y grandes mariposas, como pájaros, revoloteaban en la orilla.
—Estamos en «El Paraíso» —dijo el brujo con expresión placentera—. Fueron tierras como estas donde nacieron las culturas, se desarrollaron las civilizaciones y fluyó la historia.
3
Noche sin luna ¡luna verde! Los extractores de madera se abstienen de talar árboles para sus construcciones, y las madres temerosas aconsejan a sus ágiles pequeños que no se aventuren subiendo a los altos ramajes en pos de frutos y nidos. Las fibras de los árboles reverdecen y son poco duraderas, y las ramas que durante el plenilunio podrían soportar grandes pesos, se desgajan vidriosas a la menor presión. Las cicatrices y los tumores se vuelven dolorosos, y el cerebro de los insanos se excita con el debilitamiento de los filamentos desconocidos que encauzan la razón.
Del fondo de la noche partían los gritos del loco, encerrado en la casucha que se vieron obligados a construir con fuertes palos a manera de jaula para mantener la tranquilidad en el caserío. El solitario Ramírez había enloquecido sin que se supiera la causa, poco después de la llegada. Muchos creían que fue la insolación agregada a la pena producida por la muerte de su hijo en el viaje.
Estas crisis eran periódicas y breves. El resto del tiempo era un loco manso que se complacía rasurando las barbas de los hombres.
Pasaba días íntegros afilando y asentando delicadamente su machete en las blandas fibras de la topa. Aquel largo acero tenía un filo superior al de las navajas de afeitar y los hombres se sometían complacidos a la suave rasuración del loco. Al principio las mujeres se inquietaban al ver las gargantas de sus maridos bajo la acción de ese machete manejado por un loco cuya crisis podría producirse en cualquier momento. Con el tiempo, sin embargo, llegaron a acostumbrarse, pues, el loco sabía pedir a tiempo que lo encerraran.
—Ya se hace sentir la luna nueva —decían las gentes.
Aquel día la obscuridad y los gritos pusieron al sacerdote con un humor poco propicio a soportar la presencia de alguien. En aquel instante se le acercó el brujo con su habitual sarcasmo.
—Ya tenemos un loco... nuestro loco —dijo—. En la selva virgen los locos vienen de otras partes; son efectos de las tensiones de la civilización. En la selva, enloquecen los hombres de terror al extraviarse, pero es una locura de breves horas que termina con la muerte. No hay duda que la civilización nos penetró por donde menos lo esperábamos... ¿Me escuchas, sacerdote?
Se abstuvo el sacerdote de contestarle; lo que aquel hombre decía, aumentaba su ansiedad.
—Nosotros hemos huido de la civilización... —prosiguió el brujo—, pero sus grandes inconvenientes nos llegan... poco a poco. ¿Sabes cuándo nos alcanzarán plenamente? Pues, cuando desaparezcas... ¿O es que te crees eterno? Cuando desaparezcas (y que Dios te conserve por muchos años) o cuando te depongan como resultado de un motín fraguado por el que ahora aparenta mayor humildad. ¿Te imaginas lo que será esto cuando tal ocurra?
—¡Vete a tu covacha, brujo endemoniado! —gritó el sacerdote sin poder contenerse.
4
La naturaleza parecía dormitar a esa hora de la noche. Encontrábase el Padre Sandro embebido en alentadores pensamientos acerca del caserío que había fundado, cuando llamó su atención el furtivo deslizamiento de un bulto entre los platanares con dirección al lago. Saltó del sillón y se escurrió, amparándose en las sombras, tras el bulto que se alejaba haciéndose visible cada vez que le herían los rayos de la luna al filtrarse entre las anchas hojas. No le cabía duda de que era el brujo en su deambular nocturno. Muchas veces, a eso de la medianoche, su monótono canto sugestivo y adormecedor a la vez, le producía graves preocupaciones. En aquel momento al verle dirigirse al lago, experimentó la sensación indescriptible que produce lo sobrenatural.
Ya en la orilla se detuvo indeciso ante la alternativa de seguir por la derecha o por la izquierda y, antes de tomar una decisión, se puso a escudriñar detenidamente los contornos. En aquel instante empezó a perturbarse la quietud dormida del lago. La superficie barnizada de las aguas se agitó en ondas violentas con un sonoro batir de colas y de aletas. Eran los bufeos que salían del fondo azogado, resoplaban ruidosamente, saltaban algunos ¡nunca había visto cosa semejante! formando argentadas medias lunas en el espacio y luego recorrían la extensión bruñida en bandadas bulliciosas. Era la fiesta del plenilunio. Los hijos del lago ebrios de luz, afinaban sus poderes misteriosos en el sortilegio lunar.
Instintivamente el Padre siguió por la orilla derecha y se detuvo al escuchar palabras suplicantes, temblorosas allí donde las olas calmadas penetraban en la sombra de los árboles inclinados.
—Clotilde, ven... El mes pasado te llamé en vano. La lluvia, el viento, la nube empañaron la faz de la luna llena. Hoy ha vuelto el plenilunio. Clotilde, ven...
Una forma blanca que despedía fulgentes reflejos de cromo se deslizó desde el centro del lago con dirección al punto donde se encontraba el brujo. El Padre Sandro notó, con el consiguiente estupor que dos cuerpos se juntaban. Se acercó sigilosamente, casi a rastras para que su presencia no fuese advertida. Avanzaba cauteloso, acechante, hasta detenerse con las pupilas dilatadas observando el cuadro más horrorosamente sugestivo. El brujo estaba abrazado a una forma confusa de cetáceo y de mujer.
—¡Qué feliz me siento, Clotilde! —decía, prodigándole caricias con voz entrecortada. Luego sus palabras se convirtieron en anhelante murmullo.
En aquel instante el estrépito en el agua se hizo estruendoso. Parecía que los hijos del lago se agitaban electrizados por aquel espasmo bestial.
El Padre Sandro cayó desvanecido confundiendo su respiración jadeante con los gemidos de aquellos dos seres que se habían quedado inmóviles entre las olas que parloteaban con rumor de vidrios que se rompen.
No puede admitirse en otros mundos y en distinto medio el estado espiritual que había producido en el sacerdote tan abominable espectáculo. La razón no puede justificarlo, mas lo cierto, lo rigurosamente cierto es que se encontraba sujeto a influencias siniestras imponderables. Le atormentaba el misterio diabólico que encerraba el brujo. Lo vio varias veces dirigirse al lago, escuchó el estrépito de las aguas, pero ya no lo siguió, pues, ante la sola idea de hacerlo, temblaba.
En una de aquellas noches, ya no pudo contenerse.
—¡Debo conocer el secreto de tu vida! —le dijo con voz recia pero temblorosa—. ¡Dime lo que haces en el lago!
—Ya sé que lo sabes... ¿Qué voy a decirte si no podrías comprenderme?
—Ven acá —le ordenó el sacerdote sujetándolo fuertemente del cuello de la camisa— ¡Ahora vas a confesarte!
El brujo miraba de hito en hito al sacerdote, reanudó su paseo y volvió a detenerse bruscamente para decirle:
—Allá podrás realizar obra grandiosa procediendo al revés de lo que hasta hoy hiciste: ir de la selva a la civilización para conquistarla. Yo realizaré también la mía. ¿Sabes lo que haré, sacerdote? Te seré sincero, absolutamente sincero. Voy a revelarte mis proyectos en toda su amplitud a fin de que podamos salir de aquí cuanto antes. No me iré hacia los pueblos que se consideran representantes de la civilización más avanzada. No; no iré con mi gran descubrimiento a ponerme al servicio de quienes se suponen árbitros de los destinos humanos. Iré al pueblo de los hombres más pequeños y desmedrados de la tierra, que por ley de los contrastes y dentro de su primitivismo, se consideran los más valientes y capaces. Con ellos organizaré la legión de los hombres fantasmas. Destruiré y aniquilaré todo lo que se oponga a mis designios para encumbrar a los pigmeos. Será la obra más portentosa de todos los tiempos. Estamos en los umbrales de la era del predominio del espíritu independizado de la materia. ¡La era del fantasma!
El sacerdote se dio cuenta que aquel hombre o demonio estaba descontrolado. Al proseguir, daba a sus expresiones un énfasis mayor sin medir el alcance de sus palabras. Según su narración, este hombre singular ya entrado en años llevó, cuando joven, una vida igual a la de todos los ribereños establecidos en las márgenes del Amazonas y sus tributarios. La precocidad del adolescente y su apasionamiento por los libros, hicieron que los vecinos se interesaran por él, y aconsejaran a los padres, que contaban con algunos recursos, enviar a su hijo a Europa para que siguiera una carrera.
De esa manera Alfonso, que así se llamaba el brujo, cursó estudios en Iquitos y de allí pasó a Burdeos, en Francia. Súbitamente el valor del caucho se derrumbó sembrando la ruina económica en toda la hoya amazónica, y Alfonso tuvo que ser repatriado. A su regreso al caserío, contaba maravillas causando la admiración de Clotilde a quien conocía desde los tiempos de la escuelita rural.
De allí nacieron unos amores que disgustaron a don Ilde, contracción de Ildefonso, acaudalado serrano chapado a la antigua, padre de Clotilde. Al tener conocimiento de esos amores, don Ilde sustrajo a su hija del trato familiar de los modestos vecinos y decidió unirla en matrimonio a Federico Arauzo, patrón ganadero y comerciante establecido a diez leguas río arriba.
Sin embargo Alfonso continuó furtivamente sus amores hasta que, al ser sorprendido, recibió tal paliza que sus agresores le dejaron por muerto. Posteriormente, mediante la intervención de una sirvienta discreta, entabló comunicación con Clotilde recluida en sus habitaciones. Decidieron fugarse, propósito que realizaron cierto domingo aprovechando la circunstáncia de encontrarse don Ilde de visita en el fundo de su amigo y futuro yerno.
Sumiéronse en el interior de la selva virgen, llevando la determinación de salir al río para casarse en los días en que pasaba el misionero en sus largos viajes administrando sacramentos. Levantaron su choza al borde de una laguna, y se sintieron muy felices en las primeras semanas de su unión de pájaros. Allí se olvidaron de todo; mas una tarde, Clotilde reflexiva dijo:
—Ya pronto llegará el Padre misionero.
—Sí; ya debemos pensar en el regreso —le contestó Alfonso como si despertara de un sueño—. Aún no ha venido el indio con el aviso...
—Nuestro matrimonio no arreglará nada —le interrumpió Clotilde—. Ya mi padre no me perdonará nunca y, en cuanto a ti, te mandará matar tan pronto como sepa donde estamos. Libre de ti, me obligará a que me case con el ricacho de su amigo... Y este se casará conmigo solo para victimarme en la tangarana.
—No lograrán matarme, te lo aseguro —replicó Alfonso irguiéndose de coraje.
Clotilde hizo un gesto indicándole que no hablara tonterías, y prosiguió con el hilo de sus pensamientos.
—Alfonso... hay un medio.
—¿Cuál?
—Atravesar toda esta selva e irnos al Huallaga o al Marañón donde podamos vivir trabajando sin que nadie nos conozca.
—Lo peligroso es que me endeude. ¡Las deudas no se pagan nunca!
—No será así —dijo ella sacando de un repliegue de su blusa una bolsita llena de monedas de oro. Aquí hay dinero suficiente para trabajar libres.
Alfonso la miró estupefacto.
Fue así como se internaron muy hondo en la selva con ánimo de atravesarla. La selva que mata o enloquece, les ofreció a ellos el fruto que alimenta, la savia que protege la salud, el tubérculo, la seta y la caza que nutren. Después de recorrer por meses largas distancias y efectuar rodeos extensos entusiasmados con sus descubrimientos de manchales de caucho, llegaron a un lago rodeado de selva muy alta que, según sus cálculos, estaba situado más allá de los grandes pantanales que nadie se había atrevido a explorar. En sus orillas arenosas se detuvieron sin ocultar su asombro.
—¡El aire es puro y refrescante! —exclamó Clotilde aspirando profundamente.
—Las arenas bajo el sol parecen de oro, y las mariposas son del tamaño de las aves —agregó Alfonso.
—Los peces reflejan en el fondo de las aguas sus escamas de plata, y en la tierra los gordos y lustrosos animales se asoman de sus madrigueras a mirarnos.
—Los frutos son más dulces y jugosos, las flores más grandes, los árboles asombrosamente gruesos y elevados.
—Es el paraíso.
—Le llamaremos «El Paraíso» —prorrumpieron ambos.
5
Sutil neblina se levantó del lago y un toldo vaporoso veló el espacio. Era la hora en que las sombras van y vienen trasmitiendo al espíritu un estado de melancólica zozobra.
Alfonso y Clotilde nadaban cuando asustados con el batir estruendoso de colas y aletas que de repente se había producido en el lago, trataron de ganar la orilla. Sintióse Alfonso atraído por fuerte remolino en el momento en que un grito de su compañera dominó el bullicio lacustre. Al salir precipitadamente a la playa tuvo el horrible presentimiento de haberse quedado solo. Como por encanto las aguas volvieron a su estatismo de azogue.
Se puso rápidamente sus vestidos y, angustiado, comenzó a llamar a su amada sin apartarse del lugar en que la había perdido. Encontráronle allí, enclavado, los días y las noches. Sus voces, cada vez más roncas se extendían sobre las ondas e iban a repercutir apagadas en la espesura.
Tenía la certeza de que ella estaba viva en el fondo de esas aguas y que estaba escuchando sus llamadas; pero que ya no podía contestarle porque algo se lo impedía, algo que se relacionaba con lo sobrenatural. Siguió llamándola todos los días con renovado afán. Hasta que un día...
Con las primeras sombras de cierto anochecer, rendido, insomne, casi muerto de hambre, regresó a la chocita que les sirviera de nido, recostó su cuerpo agobiado en el lecho donde tantas veces había conciliado el sueño junto a la amada. Y se quedó dormido.
Pero algo ocurrió al amanecer.
Alfonso lo recordaba perfectamente al otro día al despertarse y recapitular las incidencias de esa noche. Confirmando lo que él creyó al principio producto de su estado de ánimo, sintió al tacto el borde del lecho cubierto de una sustancia glutinosa. Además el aire estaba impregnado del acre olor característico de los habitantes de las aguas. Los hechos ocurrieron así.
Alfonso creyó despertarse sumido en soporífera inconsciencia. Sus ojos se abrieron y vio a Clotilde venir por el caminillo que conducía del lago a la choza. Avanzó hasta el lecho y se quedó sentada en el reborde de la cama. Él intentó levantarse poseído de una extraña ansiedad y, llamándola por su nombre quiso aprisionarla entre sus brazos; mas su cuerpo permaneció inerte y su voz se ahogó en su garganta sin poder articular palabra.
—Es inútil que pretendas tocarme —le dijo ella con su voz inconfundible, ligeramente velada por cierto acento de indiferencia —; ya no pertenezco a tu mundo, al mundo de los humanos. Los deseos de un ser que mora en las profundidades del lago me han conducido a formar parte de otra existencia que los hombres no están en aptitud de comprender... ya no me llames. Él me ha permitido que venga a pedirte que no me llames más.
Se puso en pié y, extendiendo el brazo con dirección al lago, agregó:
—Ahí está él...
En el momento en que Clotilde partía, Alfonso trató angustiosamente de levantarse para seguirla, detenerla, hacer que volviera a su lado; pero una voluntad poderosa lo mantuvo inmóvil con el oído atento y los ojos muy abiertos.
Al otro día volvió a recorrer la orilla derramando lágrimas, pero se abstuvo de llamarla. La impotencia le producía accesos de locura. En unos de esos instantes de desesperación, su mirada tropezó con la planta misteriosa. Ahí estaba inconfundible entre audaces lianas, trepando adherido al tronco que la sustentaba. Él la conocía perfectamente. La desprendió; para él, como para todos los ribereños, el ayac-huasca era la planta de las virtudes telepáticas y de los sueños incomparables.
6
Construyó una alta barbacoa cubierta de hojas de palmera en la que se acomodó protegido por grueso mosquitero, y bebió el contenido del pate de ayac-huasca que había preparado como último recurso para no enloquecer.
Soñó cosas muy agradables de acuerdo a su concepto estético. Las rubias sensuales del cabaret de antaño rodearon su cuello con sus brazos y le besaron arrebatadoramente; vio cinturas en ritmo ondulatorio al son de músicas excitantes. (Tuvo el Padre Sandro que refrenar enérgica y repetidas veces el ardor irreverente que ponía el brujo en su relato).
Despertó feliz, pero al instante acudieron a su memoria los sucesos recientes: la amada perdida para siempre, su soledad en medio de la selva, su impotencia para luchar contra el destino. No pudiendo soportar la realidad optó por el sueño. La vigilia se había convertido para él en la pesadilla que enloquece, en tanto que el sueño contenía la representación venturosa que calma. Durmiendo se liberaba del recuerdo, y en cuanto despertaba, se hundía de nuevo en la ficción de los sueños.
En uno de sus momentos de vigilia y lucidez vino a su memoria lo acontecido en uno de sus largos viajes hacia las minas de sal del río Huallaga. Extraviado del camino principal se vio obligado a pernoctar en cierto paraje oculto por las anfractuosidades del terreno, ya bastante accidentado en las cercanías de las estribaciones de los Andes Orientales. No pudo dormir en toda la noche a causa de una cantilena nasal, adormecedora y sugestiva dentro de la monotonía ocasionada por la repetición. Aquella noche quedó grabada en la memoria de Alfonso la canción mágica de la bubinzana. ¿Qué era lo que hacía el viejo, bajo la luna frente a un recipiente colmado de ayac-huasca? Posiblemente fueron las influencias de esa naturaleza virgen, propicia a la excitación imaginativa, lo que indujo a Alfonso a pensar en los poderes ocultos que bien pudieran tener la luna y la bubinzana en el bebedizo. Y fue así como en el plenilunio, comenzó a velar su brebaje entonando la canción prohibida con dedicación mística.
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