Atrapada
Miuler Vásquez González
Has revivido en mí un sentimiento olvidado. Debo de estar un poco loca para aferrarme a esta ilusión o como esto se llame; pero estoy consciente de lo que pueda pasar.
Muchas tristezas, amarguras y decepciones he tenido; alegrías, muy pocas. En esta vida, ciertamente, no hay dicha cumplida.
Nací en un pueblito llamado Esperanza, seguro escuchaste hablar de él; en ese lugar mi papá era profesor y ahí conoció a mi madre, una mujer que se dejó seducir por sus falsas promesas. Según mi papá, mamá era hermosa; aunque ella ya tenía tres hijos de su primer compromiso.
A los nueve meses de nacida, mi papá se casó con otra y se fue de la casa, llevándome con él a otro pueblo de nombre Porvenir.
Hasta antes de cumplir diez años, ya tenía tres hermanos de mi papá con mi madrastra. Después vinieron tres hermanos más, o sea, llegamos a ser siete.
Te diré, yo era ahí la cenicienta porque les atendía a todos. Desde los ocho años ya sabía cocinar: hacía el arroz, el frejol y los plátanos… Ahí fue que empecé a notar las diferencias que mi madrastra hacía conmigo y mis hermanos.
Un día que le pregunté por qué no tenía el mismo apellido que mis hermanos; sin preocuparse cómo podría sentirme, me dijo que porque yo no era su hija. Esa vez creo que lloré todo el día, hasta me enfermé y me dio mucha fiebre, y ni siquiera me echaba de menos para darme aunque sea un poco de agua. No me quería. Como dicen, hijo sin dolor, madre sin amor. Recuerdo ese triste día como si fuera ayer.
Mi madrasta me trataba muy mal, desde chiquita. No quería que me sentara en el piso para no ensuciarme la ropa. Y eso que yo andaba con mis ropitas viejitas. De eso yo no me acuerdo porque tenía dos a tres años; la que me contó ya después fue mi abuelita, la mamá de mi papá. Ella vivía en Nuevo Edén, es decir en el distrito capital. Siempre me echaba de menos mi abuelita, y más de una vez le avisó a mi madre de mi deplorable situación. Las pocas veces que mis hermanos o mi propia madre se aparecieron a buscarme, fue gracias a su oportuno aviso. Linda mi abuelita, hermosa, por ella tengo la piel blanca, y dicen por ahí que lo que se hereda no se hurta.
Una vez mi hermana mayor, aprovechando la ausencia de mi padre, fingió pedir trabajo para cuidar y limpiar la casa. Al ser aceptada, en un descuido me robó. Habré estado con mi madre hasta los cuatro años, luego, un buen día se apareció mi padre para llevarme de vuelta a su casa. Me acuerdo un poquito de eso: yo no quería irme; me agarré de las piernas de mi madre para que no me dejara ir, porque yo le tenía un miedo terrible. Pero, donde la fuerza está presente, el derecho se pierde. Al final me llevó con él.
A los cuatro años de edad, o cinco, creo, varios meses después, un día, mi papá viajó a capacitarse en otra región. Durante su ausencia, y claro, por mi deplorable situación, mi madre y una de sus hijas, la mayor de mis hermanas, llegaron de improviso, para sorpresa de mi madrastra.
Me encontraron prácticamente cautiva, con mi ropita toda rota y raída. Mi mamá le dijo sus verdades a mi madrastra; bueno, todo esto me contó mi abuelita. ¿Por qué me tenía en esas condiciones?, ¿acaso era una niña huérfana?, ¿dónde estaba la ropa que me había comprado?, eso y más cosas le reclamó mi madre. Entonces, en ese momento mi madrastra sacó una maleta con todas las ropas nuevas que nunca me puse y, tras gritar: “¡aquí están las ropas que tiene!”, las tiró a la calle, agarró un jarro con kerosene, las roció y prendió fuego.
Mi madre solo atinó a llevarme con ella, nada más dijo. Hizo bien: la violencia no mata el odio.
Dos cortos años, a lo mucho, fui muy feliz junto a la mujer que me dio la vida y mis tres hermanos, que por cierto son dos hombres y una mujer que ahora viven en el norte.
Pasado este tiempo, uno de esos días en que había bastante sol, mientras estábamos almorzando mis dos hermanos hombres y mi madre, de repente, vimos entrar a alguien.
Como la puerta siempre se mantenía abierta, cualquiera entraba. No reconocí o no me acordaba mucho del aspecto que tenía mi padre, solo escuché decir a uno de mis hermanos: “¡tu papá!”, y yo, que le tenía miedo, me puse a llorar. Mi hermano mayor le preguntó a qué había venido, y él le contestó que a llevar a su hija. Yo seguía llorando. Mi hermano le dijo que no le iba a permitir que me lleve y que pudiera ya ir saliendo de su casa, así le dijo. Mi papá me llamaba, “ven, hijita”, me decía; yo no lo quería ni mirar. En vista de que mi papá vio que no me iban a dejar ir, salió de la casa diciendo que otro día iba a volver. Y se fue.
Esperanza era un lugar bonito, yo lo recuerdo así; en esos tiempos no había carretera para ir allá, solo avionetas. Mi mamá era costurera, cosía de todo y me tenía siempre con bonitos vestidos. Recuerdo también que muchos hombres querían estar con ella; varios se iban a la casa en ese afán, pero ella siempre estaba con nosotros.
Todos mis tíos y tías, hermanos de mamá, me querían bastante porque yo era y soy diferente a ellos: blanca, con mi cabello bien castaño.
Un día que regresábamos contentos de bañarnos en el río, encontramos en nuestra casa a mi abuela paterna. Me abrazó, me besó, y me dijo que me iba a llevar con ella; yo no quería irme, le rogaba a mi madre que no me dejara ir. Mi hermano, el mayor, también lloraba y me abrazaba; mi madre, a su vez, me decía que yo no me iba a ir con mi padre, que yo iba a vivir con mi abuela. Y así, en el momento de partir, me agarré fuerte a un palo que había allí plantado. Vino a querer separarme mi abuela, pero no pudo: yo les rogaba que no me lleven… Odié a mi madre porque no hacía nada, solo lloraba nomás, no sé cómo le habían convencido. Lo que recuerdo es que mi abuela había llevado unos fardos de tela, eso vi en la sala, quizás con eso la convencieron.
En vista de que no me desprendía del palo, mi hermano se acercó y me dijo que me suelte. “No me cogeré de él si te vas conmigo”, le dije; él me aseguró que sí, que se iría conmigo. Me solté, confiada, y mi hermano me agarró de la mano para entregarme a mi abuela. Mi madre ni siquiera se despidió de mí, no me dio ni un abrazo para decirme “chao hijita” o algo, nada. Me dolió en el alma su pasividad. “¡Mamá, mamá!”, la llamaba con desesperación. Ella permanecía ausente a mis ruegos. Me sentí una cosita insignificante. “Mi mamá no me quiere, no le importo, es mala conmigo”, me dije. Cómo explicarte lo que sentía. ¿Qué harías tú si quien se supone debería protegerte, de pronto te entrega al peligro y te abandona? Mi pecho sangró desilusión y odio ante esa filuda traición que mi madre se apresuró a incrustarme, lo sentí dentro; pero el miedo al futuro aún era más aterrador.
Me estaba yendo, como te dije, y mi hermano iba tras de mí. A cada rato volteaba a mirar si venía y siempre lo veía atrás. Ya estábamos lejos de Esperanza, cuando volteo a mirar a mi hermano y… ¡ya no!, ¡ya no venía! Me sentí morir de miedo, de pena, de desesperación…
Ante mis ojos únicamente se expuso una carretera afirmada e inacabable. Pensé que no llegaríamos a ningún lado al paso de nuestro avejentado caballo; pero todo camino tiene su fin.
En casa de mi abuela, en Nuevo Edén, me encontraba más sola y triste que nunca, pese a que ella trataba de darme consuelo. Me decía palabras bonitas, me compraba chocolates, dulces; pero yo no quería nada de eso, yo solo anhelaba estar con mi hermano del alma que me había abandonado.
Nunca, a nadie, le he contado mi triste historia, ni siquiera al hombre que vive conmigo; en cambio a ti, que te conozco desde hace poco, te estoy abriendo mi corazón sin miramientos.
Me pediste que te contara mi vida y eso estoy haciendo. Pero ya es tarde. Han sido demasiadas emociones para un solo día, realmente me siento agotada.
Mi historia, en contados episodios, solo la saben algunas de mis mejores amigas; conocen de ella solo las más íntimas, que son dos o tres, no el montón de amigas entre comillas…
Llegamos a la casa de mi abuela. Todo volvió a ser nuevo para mí. De repente, ¡oh sorpresa!, encontré a un niño de la misma edad que yo, ¿quién era?, supuestamente el hijo de mi abuelita, todo él, delicadito, bien vestido, con unos pantaloncitos con tirantes, blanquito como yo: parecíamos hermanitos. Años después me enteré que realmente era mi hermano, hijo de mi padre, al que mis abuelos lo registraron con sus apellidos por haber sido la madre empleada en casa de ellos. Mi padre nunca quiso a este mi hermano, por eso estaba al cuidado de mis abuelos desde su nacimiento. De repente lo conoces, él habla en una radio muy conocida de Nuevo Edén.
Mi abuela me dijo donde iba a dormir, y me dio una cama en el mismo cuarto de ella y de mi abuelo. Enseguida me hizo bañar, me cambió de ropa y me puso unos zapatos nuevos. ¿Te conté que ella era directora de un colegio grande en Nuevo Edén? Creo que eran días de matrícula porque íbamos todos los días al colegio y no veía alumnos; solo la veía en la dirección, ahí con papeleos y sentada siempre a mi lado. No me permitía estar lejos de ella; a todos lados me llevaba y a cada rato me decía que yo iba a vivir en su casa, que me iba a dar todo.
Y así transcurría el tiempo. Durante el día jugaba en la casa, mientras que por las noches lo único que hacía era llorar, no podía dejar de hacerlo, extrañaba demasiado a mi madre y hermanos. Mi otro hermanito siempre venía a mirarme antes de acostarse y me encontraba con la carita empapada de lágrimas. Para consolarme, me decía: “no llores, mi mamá también es tu mamá y mañana jugaremos”; así me hablaba el pobrecito cada noche, bien dicen que un hermano es un amigo por naturaleza. Yo ni caso le hacía. De tanto llorar, finalmente me quedaba dormida.
Ya me estaba acostumbrando a vivir con mis papitos. Por cierto, a mis abuelos jamás les decía “abuelos”, siempre era “mamita” y “papito”; a ellos no les gustaba que les llame de otra forma. Yo realmente pensé que iba a quedarme con ellos, me hice la idea de que viviría ahí en Nuevo Edén, pues hasta entonces no sabía nada de mi padre, ni yo preguntaba y ni me hablaban de él.
A la semana y media, más o menos, a las cinco o seis de la tarde, apareció mi padre y su familia. Yo me encontraba en mi cama, recostada; en eso escuché la voz de mi mamita: “han venido a buscarte, hijita”, me dijo. E inmediatamente se apareció mi padre, vino a querer darme un abrazo. Yo no lo quería ni ver, mi rechazo hacia él fue instintivo. Me asusté con su presencia. Enseguida, de un salto me levanté y corrí a los brazos de mi abuela, pidiéndole que no me dejara ir; pero ella, con voz conciliadora, me decía: “hijita, pero es tu papá”. Yo no lo quería tener cerca, me daba mucho miedo.
Como mis lágrimas se vertían tal si mis ojos fueran la naciente de una torrentosa cascada, convencidos de que ningún ruego me haría cambiar de opinión, me dejaron sola. Al cabo de un par de minutos, al escuchar voces de niños, tuve curiosidad por saber quiénes más habían llegado. Sin hacer ruido, despacito, me acerqué a la puerta para oír de qué hablaban. La curiosidad es un castigo de los hombres, ¿no crees? Mejor sería no saber, vivir en la ilusión, soñar, aunque claro, la realidad es jodidamente trágica. Te decía que me acerqué a la puerta, cuando, en eso escuché que mi padre le decía a mi abuela: “mamá, vine a llevarla como habíamos quedado, yo sabía que a ti sí te la iban a entregar, por eso te mandé para que la traigas”; al escuchar esas palabras mi corazón empezó a latir aún más fuerte. Ahí mismo, con el miedo, salí a toda prisa a decirles que no quería ir con ellos. “Por favor, mamita, no me mandes con él”, le supliqué a mi abuela, entregándome a sus protectores brazos. Ella, recuerdo sus palabras, me tranquilizó diciéndome: “no, hijita, no te vas a ir, tú eres mía”.
Mis hermanos miraban asombrados todo lo que sucedía, y mi madrastra, a su vez, con su cara de hipócrita, me sonreía y rogaba que volviera con ellos. “Hijita, ven para que estés con tus hermanitos que te quieren y extrañan mucho”, me decía. “Sí, hijita, nosotros somos tu familia”, insistía mi padre. Yo me cerré, no quise saber nada de nada. A cada insistencia, mi respuesta era la misma: “no quiero, no quiero, no quiero”.
En vista de que no quise irme, no me llevaron con ellos, me quedé con mis papitos; pero más o menos al mes, mi papá, esta vez ya solo, vino a verme de nuevo. “Hijita, más que por mí, he venido por encargo de tus hermanos”, fue lo primero que me dijo. “Te extrañan, preguntan por ti todos los días, ¿por qué no los visitas, hijita?”, me siguió diciendo. Yo, recelosa, le hablé muy poco: “¿y qué han dicho?”, le pregunté. “Que eres linda y que quieren jugar contigo. ¿Quieres ir, hijita?”. “No”. Mi padre no se inmutó ante mi negativa, al contrario, pareció aceptar todo sin ninguna complicación. “Ya, hijita, quédate aquí pues entonces, con tus papitos. Yo vendré siempre a verte, ¿ya?”, me dijo antes de irse. Lo volví a ver a la semana, y a la otra, y otra, y así cada vez más seguido. Así como la gota horada la piedra por su constancia, así, mi padre, un buen día, deshizo de mí la desconfianza que le tenía. Finalmente, tras una larga conversación y la firme promesa ante mi mamita de tratarme de lo mejor, me llevó con él en su caballo.
De Nuevo Edén a ese pueblito Porvenir, donde él vivía, son cinco horas de camino. Todo estuvo bien durante la primera hora de viaje; después, de la nada, su tono de voz cambió. Lo sentí entre molesto e impaciente. “Yo soy tu padre, ¿me oyes? Y todo lo que yo te diga es para tu bien. Debes hacerme caso en todo, ¡todo!, ¿me oyes?”. Me habló fuerte, pero tras unos segundos, con una actitud propia de un demente, su voz se hizo paternal. Esta vez empezó a decirme que me iba a dar todo lo que ni a mis hermanos les daba, porque yo era a quien él quería más, siempre y cuando no le desobedeciera. Tenía que hacer y decir lo que él mandaba para que todo me fuera bien, porque sino me pasarían cosas malas y hasta me podría morir si no le hacía caso, así me hablaba. Yo simplemente le escuchaba, no respondía nada. No podía hacer nada: tan solo era una niña indefensa de siete años.
“¿Será mi padre?”, me preguntaba. ¿Y mi mamá dónde se encontraba? La odié más por haberme dejado ir de su lado. Mi padre siguió diciéndome más cosas. Por último, me dijo que a su mujer la llamara mamá, “porque desde hoy ella será tu madre”, me advirtió. “Y todo lo que hablamos”, me enfatizó, “no quiero que le digas a nadie porque solo es para ti, ¡para nadie más!, ¿me oyes?”. No sé cuántas veces me hizo esta advertencia. Yo solo le decía, obligada por sus amenazas y por el miedo que le tenía: “ya, papi”, “está bien, papi”.
Finalmente, llegamos. Todos mis hermanitos salieron a recibirme, contentos. Vino también mi madrastra, sonriente ella, seguro diciéndose para sí: “ahí viene mi empleada” (ahora pienso eso). “Ven, ellos son tus hermanos, vas a dormir con ellos”, me dijo. Yo permanecí de pie, asustada.
Mis hermanos y yo dormíamos en dos camas unidas, todos juntos. Mi madrastra me dijo que como yo era la mayor, debía cuidar de ellos. Eran chiquitos y yo los quería desde que los vi, imagínate, aunque el mayor solo es un año menor que yo.
Así fui creciendo hasta que tuve diez años, pero en ese lapso ocurrieron cosas que me hacían preguntarme por qué mi padre actuaba así conmigo y no con mis hermanos. Por ejemplo, cuando me bañaba en el río, me decía que me cambie de ropa delante de él, y no quería que me cambiara rápido. “Que se seque bien tu cuerpo primero, espera un poco”, me insistía. Eso siempre sucedía cada vez que mi madrastra no estaba. Para esto, a mis hermanitos los mandaba en busca de su mamá; solo me dejaba con el más chiquito, de dos añitos. Yo me asustaba mucho cuando esto pasaba y le tenía miedo y odio a la vez.
Teníamos una chacra ubicada a unos treinta minutos de nuestra casa. Ahí había sembríos de plátano, frejol y yucas. Mi padre cada vez que quería ir, le decía a mi madrastra: “voy a la chacra”; y a mí: “¡vamos!”, me llamaba. Yo quería llorar de miedo. Miedo era poco, ¡era terror lo que sentía!, y quería morirme en esos momentos; pero tenía que ir con él porque su voz y su mirada me hacían sentir como si estuviera a punto de darme un palazo. Yo no podía decir nada a nadie, porque él ya me había advertido miles de veces que no lo haga. Sus palabras retumbaban como truenos en mi cabeza. A veces hacía que no le escuchaba. Era peor: se acercaba a mí y me jalaba con violencia de mis pelos o de mi blusa. “¡Vamos, apúrate!”, me insistía. No me quedaba otra opción que seguirle nomás, ¿qué otra cosa podía hacer?
Todas las veces que íbamos a la chacra, me decía que le obedezca en todo, que él sabía por qué me hablaba así, que me moriría de la peor forma si no le dejaba hacer lo que él quería hacerme, y otras cosas más: ya me sabía de memoria su discurso rayado. Me hablaba y hablaba, pero como mi reticencia era inquebrantable, lo veía ponerse rojo de cólera, resignado. “No vas a tener nada, por desobediente”, me sentenciaba al final, mientras regresábamos a casa. A mí qué me importaba tener algo suyo, a ese precio no. Preferible la miseria, o la muerte. Y así era siempre.
Una vez, sin embargo, las cosas se salieron de control. Ese día, durante el trayecto, me comentó que pensaba llevarme a Nuevo Edén para continuar con mis estudios secundarios. En ese tiempo solo había una escuela primaria en Porvenir, y ahí él era el único profesor, el de todos, incluyendo el mío. “Te voy a comprar todo lo que me pidas, hijita, ya no voy levantarte la voz, al contrario, te voy querer mucho”, me siguió diciendo. Como yo no le respondía ni sí ni no, al principio hizo como que guardaba la calma; pero poco a poco, debido a mi prolongado mutismo, su ira empezó a ser evidente. Me decía que por qué no le contesto, que acaso era sorda o qué, y que le mirase cuando me hablaba. “¿Te acuerdas lo que te dije, que me hicieras caso en todo? ¿Te acuerdas o no? ¡Dime!”, empezó a gritarme. “¡Contéstame!, ¿te acuerdas?”. Y airado me agarró de la cara, aplastándomela. “¿Te acuerdas?, ¿te acuerdas?”, me siguió repitiendo. “Sí, papi”, le dije. Y él: “nadie debe saber lo que hablamos, ¿así será?”. “Sí”, le dije. “¡Sí, quééé!”, me habló fuerte. “Sí, papi”, le contesté. Después me agarró y me dijo: “hijita linda, ¿por qué no me haces caso?”. Me abrazó fuerte. “Lo único que quiero es que hagas lo que te digo, nada más hijita, después todo te va a ir bien”. Yo quería salir corriendo para que no me alcance, huir, irme lejos de su presencia; pero era chica todavía y no sabía cómo hacer, tenía miedo.
Ese día, como dije, las cosas se descontrolaron. En aquella chacra había una casita rústica, lo que llamamos tambo; pero este era uno con terrado, así se llama cuando tiene cañabravas tejidas debajo del techo, ¿no? Llegamos al tambo y mi padre, seguro de sí mismo, como si fuera de lo más normal lo que pretendía hacer, me dijo que me subiera porque me iba a revisar. Yo ya tenía doce años, era una adolescente a la que le estaban creciendo los senos, se notaba en mí ese cambio. Me hizo subir y él también subió. Al instante me dijo que me levantara el polo para enseñarle mis pechos, porque según él, me los iba a revisar, de repente no estaban bien. Y me aseguró que siempre pasaba eso y que él a varias niñas las revisaba. Yo temblaba… disculpa… no sé por qué te cuento esto, tal vez porque quiero desahogarme. Por años y años he tenido guardado este secreto, matándome por dentro cada vez que lo recuerdo. Se supone que un padre debe proteger a sus hijos, no ser un tirano con ellos. Por eso maldigo a mi padre, ¡lo maldigo!, espero que me entiendas y no me critiques.
Me hizo subir al terrado para hacerme eso que ya te dije; entonces yo no quería levantarme el polo porque me daba vergüenza enseñar mis pechitos. Él me volvió a repetir: “súbete el polo, te voy a revisar”. Yo le dije: “está todo bien, papi”. Y otra vez, con su voz que me daba miedo: “súbete, te he dicho”, y lo hice. “Ya ves hijita, no está bien”, me dijo; yo estaba a punto de llorar por el miedo que sentía, mi angustia era grande. Después me dijo que me sacara el short, ahí ya me puse a llorar, no quería hacerlo. Él intentó quitármelo con violencia.
Enseguida me hizo recostar. “¿Por qué lloras?”, me preguntó, a su vez que se puso encima. Me quería morir, mi cuerpo temblaba. “No te hagas la que no te gusta, sabidaza eres y te haces”, me habló. No sé qué otras cochinadas más salieron de su boca. Lo único que hice fue pedirle a Dios que me ayudara. Le rogué con toda mi alma, con el corazón. En ese momento no sé de dónde saqué fuerzas y lo empujé hasta botarlo por un costado. Enseguida aproveché su caída para ponerme a buen recaudo, bajar la escalera de palos y huir…
Corrí, corrí, sin mirar atrás.
Llegué a un río y me adentré en sus aguas para cruzarlo, ¡no me importó que fuera torrentoso! Al dar varios pasos, por la premura, sobre todo, me caí y el río me arrastró unos cien metros. Con tal de alejarme de ese lugar, no me importó arriesgar mi vida. Y continué. Como vi que no me seguía y el cansancio era grande, dejé de correr y empecé a caminar, eso sí, sin dejar de mirar atrás. De pronto descubrí que me encontraba en medio de la montaña, rodeada de árboles gigantes, a la deriva y completamente sola. ¿Y si mi padre salía de la nada y me agarraba por el cuello?, ¿y si me estaba observando desde un lugar oculto? Sí, era probable que estuviera cerca. En ese momento, ¡pum!, las ramas de un árbol se movieron estrepitosamente y cientos de aves alzaron vuelo. “¡Mi padre, Diosito, Diosito, ayúdame!”, me estremecí. Al poco tiempo, clarito, cerquita, oí sus pisadas. Cuando me arrojé al suelo y entrecrucé mis brazos y piernas con todas mis fuerzas para proteger mi cuerpo, sentí sus manos en mi cabeza. “¿Qué haces aquí?, me dijo, “es peligroso este lugar”. Fue ahí, gracias a mis ruegos y al destino, que reconocí la voz de otra persona. No era mi padre. Por fortuna, se trataba de un cazador del pueblo, un vecino que vivía cerca de nosotros. Debió de compadecerse de mí, porque dejó de hacer sus cosas y me encaminó un buen trecho, lo suficiente para no volver a perderme.
De regreso, encontré a mi madrastra bañándose en la quebradita que atravesaba el pueblo. Ni bien estuve cerca de ella, me preguntó qué había pasado, como me vio mojada. “Me caí y he regresado a cambiarme”, le dije. “¿Ya no te vas a ir?”, me preguntó. “Ya no”, le respondí. Ella me indicó que debería ir de nuevo. Nada dije. Me di media vuelta y me fui a casa a cambiarme de ropa. Por cierto, ella nunca lavaba mi ropa: yo lo hacía desde que tenía uso de razón. Es más: quien lavaba su ropa y la de mis hermanitos, era yo. Y eso que no te conté cómo me servía la comida. Hay peores cosas que estoy obviando porque me duele mucho recordar; una nomás del almuerzo te voy a contar, ya que es lo que más recuerdo. Me pongo a pensar cómo una mujer que es madre le va a tratar así a una niña que no tenía la culpa de nada… Te cuento: un día hizo pavo asado al carbón; nosotros en aquella época criábamos todos los animales: pavos, gallinas, patos, chanchos, chivitos, caballos, vacas, todo, entonces les sirvió a mis hermanos sus buenas presas y a mí, ¿qué crees? Miro la presa y era el cuello del pavo con pellejo y todo, con esa cosa que le cuelga en el cogote, eeeeso, eeeeeso, ¿te imaginas? Yo lo único que hice fue correr al cuarto a llorar porque sentía el desprecio y la burla solapada de mi madrastra. Es tan difícil contarte sin sentir un nudo en mi garganta…
Determiné hacerme de oídos sordos ante mi madrastra. Esta me advirtió que le hiciera caso a mi padre para evitar consecuencias desagradables. “Tú ya le conoces cómo es, mejor regresa”, me dijo. Claro que lo conocía, por eso mismo no tenía la más mínima intención de volver. Decidí quedarme en casa, aunque esa decisión implicara hacerme acreedora de una paliza. No me importó. “Prefiero eso que regresarme”, me dije. Esta vez mis lágrimas se vertieron amargas, producto de la impotencia que me provocaba la injusticia. No merecía lo que me estaba sucediendo, no lo merecía.
Una vez en el cuarto, me cambié de ropa y me metí bajo la sábana. Mis hermanitos corrían, jugaban, peleaban y nadie se daba cuenta cómo me sentía yo. Cada loco con su locura. En el mundo unos sufren y otros ríen, pero ninguno ve más allá de sus narices. Es así. Mi madre pasó por el cuarto y me dijo, así como dicen en la zona: “¿qué ya vuelta tienes?”. Le mentí que tenía dolor de barriga; pero hablando entre nos, nunca me dolía esa parte, no sé qué es eso hasta ahora.
Al poco tiempo, ni bien llegó mi padre, lo primero que hizo fue preguntar por mí. “Está en su cama, dice que le duele la barriga”, le contestó mi madrastra. Él empezó a decir que yo era una inútil, que me había caído cruzando el río, que no servía para nada y blablablá. Más tarde, en un descuido, me quitó con fuerza la sábana de encima y me despertó. “Cuidadito con decirle a tu madre lo que pasó en la chacra”, me amenazó. “No, papi”, le dije. “¡Cuidadito!”, insistió otra vez. El muy cobarde empuñó su mano e hizo el ademán de agredirme en la cara. “¡Ni una palabra!, ¿me oyes? Tú me conoces, sabes de lo que soy capaz de hacerte si abres la boca”, remató, antes de salir del cuarto. Ahí mismo, como todavía ese rato serían las cinco de la tarde, me llamó mi madrastra para darle su biberón a uno de mis hermanitos, al más chiquito.
Así fueron pasando los días. A mi papá, para mi alivio, el Estado cambió de lugar su plaza de profesor y lo envío a un pueblo aledaño al nuestro, a unas cinco horas de camino. Debido a la distancia, se quedaba en su nuevo centro de trabajo todos los días de la semana, a excepción de la noche del viernes, que era el día de su regreso. Solo permanecía con nosotros el sábado y el domingo hasta la tarde. No podía ya molestarme por eso.
En donde yo me quedé a estudiar, en mi escuelita en la que antes mi padre era mi profesor, ¿recuerdas que te conté que teníamos un solo profesor?, se quedó a enseñarnos una profesora de la edad de mi madrastra. Esta señora tenía nueve hijos y un esposo borrachín; sin embargo, también era la mujer de mi padre. Mi madrastra sabía de esta relación y creo que la aceptaba, o por lo menos se hacía de la vista gorda. Lo cierto era que esta señora llegaba a la casa con sus hijos; tenía hijos e hijas jóvenes: tres hijas de dieciocho hasta los veintitrés, en aquella época. E iba a la casa esta mujer, como te decía, con sus hijos e hijas, a cocinar con mi madrastra. Ya nosotros estábamos acostumbrados a ellos, nos parecía normal eso.
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